miércoles, 8 de diciembre de 2010

Donoso perpetuo [por Carlos Amador Marchant]




Donoso perpetuo
Escribe Carlos Amador Marchant


Escuchaba una canción de hace tal vez década y media. En ella se hablaba sobre el corazón hecho pedazos, de tristeza, de algún sufrimiento terrible en los caminos recorridos. Esto mismo me trae preguntas, consultas sobre la tenacidad del hombre, aquel que quiere culminar sus días con metas, con programas.
“El corazón hecho pedazos” está en todos los rincones aunque queramos eludirlo. Pero la tragedia, aquella que persigue, que está acá escondida, que aparece y desaparece y luego se vuelve a instalar, tiene olor a maldición.
Frente a este panorama me sitúo en los personajes de la última novela de nuestro José Donoso (la última que entregó a editoras, que quede claro), quien, además, meritoriamente la culminó en los momentos en que su cuerpo ya se encontraba desgastado por la enfermedad, en los instantes en que la muerte pisaba talones. Y sin embargo, mantiene él esa férrea vocación (celebrada por cierto) de quien culmina sus días sin dejar su pasión de siempre: la literatura. Me irritan, me neurotizan, me asfixian, permítanme decirlo, aquellos escritores que “tocan techo” tempraneros, los que más allá de grandes premios, culminan sus días sin escribir más o escribiendo con calidad ínfima. No es el caso de Donoso, quien nos deja como herencia, precisamente, constancia y vocación.
Pepe Donoso subía penosamente las escaleras de su estudio del tercer piso para coger sus escritos, para estampar una sílaba más, para decir que se avecina lo desconocido y por lo tanto hay que terminar en buena forma lo que se ha programado.
Este Donoso del final me es infinitamente extraño, se expande hacia lo onírico. Pero lo observo casi gateando por las escaleras, sorteando, desafiando a la muerte. ¿En qué pensaba este hombre en esos últimos días, más allá de su vida hecha a trazos, desviando caminos y enderezándolos más tarde?
Pensaba, (pensó) seguramente, en lo que estuvo viendo desde siempre y lo que no tuvo a su diestra. Fue un hombre, ya lo sabemos, que venía de una estirpe de profesionales, doctores, arquitectos, es decir, de una familia de clase acomodada. Él, lejano, por cierto a Joaquín Edwards Bello, aquel de los juegos, de las mujeres, del estar acá y allá, creo, a la larga, mantiene algo de su dicotomía.
Quiero concentrarme (repito) en el Donoso subiendo las escalas de su despacho, ad porta de su muerte. Entiendo, entonces, que aparecen demonios que él quiere estampar.
Primero, los desaparecidos, que tienen que ver con la dictadura. Aquéllos que fueron lanzados desde helicópteros, aferrados, maniatados con alambrepúas, importándoles un carajo la sangre.
Donoso se diversifica, trata de buscar otros cánones, pero en el fondo los fantasmas lo persiguen, los mismos que hicieron de su vida una tentación juvenil de vivir a lo loco y luego ordenarse.
Lo sigo viendo buscando sus escritos finales, rescatándolos.
Su viaje a Lota en la década de los ochenta lo concentra en esta relación de los desaparecidos, sólo que esta vez se trata de mineros que se pierden para nunca más volver tras un derrumbe. La tragedia y la maldición a la que hice alusión al comienzo de esta crónica está personificada en La Elba, aquella mujer que no está acostumbrada a mentir, subyugada en ese mundo de machos bravíos de los mineros, tratada como “Animal-hembra (Alicia Galaz): “Anoche, cuando con el amor de Antonio mi cuerpo comenzó a desentumecerse para esbozar una réplica, alcancé a vislumbrar la silueta de mi placer, bosquejada apenas en mi horizonte. Para alcanzarlo me abandoné, agitándome bajo él, que me pegó un bofetón: que no me moviera, me mandó. No te quejes. No me manosees. No goces. Yo soy el que estoy culeando, no tú. Tú no eres una puta para que te revuelques en busca de tu placer. Recibe mi placer: eso tiene que bastarte”.
Donoso nos transporta por pasajes del presente-pasado y a la inversa. Trata de confundirnos, pero nos lleva de la mano al mundo que él quiso estampar en su final creativo y nos enlaza.
Estamos hablando de la maldición de la Elba, aquella mujer pisoteada por el machismo, reducida hasta la torpeza, la misma que baja a la mina para llevar un miserable mensaje a su marido, a la mina donde no podía bajar ninguna mujer porque la maldición acechaba.
Más tarde “Toño”, su hijo, rescatando los ropajes, gorros de lana y cualquier objeto de su padre Antonio Alvayay Medina, para darle una sepultura que albergara por lo menos sus recuerdos (sin cuerpo).
He sentido admiración y me he deleitado viendo y escuchando a Donoso en distintas entrevistas realizadas por periodistas españoles, tras instalarse en ese país en 1967.
Cuando releo los personajes de “El Mocho”, la Elba sumida en maldición con el cabello impregnado de murciélagos que se le aferraban al cuero cabelludo, el circo pobre de la Bambina, Arístides y su miserable personalidad, las imágenes de la pobreza desgarrada en las zonas del carbón, en fin, los personajes, casi todos embadurnándose en la tragedia, uniones que culminan en desamparos, el Mocho cayendo de un tren quedando descuartizado, sin piernas; la gente tratando de acoplarle éstas a su tronco, la bambina atropellada en pleno centro de la capital, el mismo Mocho terminando sus días como un cuchepo por las calles de Santiago, traen, sin duda, el sabor de alguien que quiso escribir o describir la vida a su forma, tal vez haciendo un retrato, una escenificación de lo que percibió dejando la dicotomía y haciéndose parte de los submundos.
Los fantasmas que persiguen o persiguieron a este autor salido de una familia acomodada se hacen latentes, más latentes en sus días finales.
Hombre de éxitos este Donoso, habla en vida de sus constantes dolencias cuando trataba de escribir “El obsceno pájaro de la noche”, de su úlcera maldita. Fuma un cigarro a medida que le interesa el tema que aborda. Regresa a Chile en la década del 80 y crea su famoso taller que albergó a la mayoría de los literatos jóvenes que forman el llamado boom chileno, aunque de ninguna manera dejaría de lado a otros notabilísimos novelistas que no salieron de su alero y que hoy triunfan en el extranjero.
Con todo, aun cuando el corazón esté hecho pedazos, en José Donoso me atrajo su acción de vida, la tenacidad del hombre, aquel que quiere, como lo dije al comienzo, culminar sus días con metas, con programas que van más allá de lo corporal, más allá del soplo que representa nuestro tránsito por la tierra, el insomnio de sentirse ajeno a paredes reales, el existir en un sitio ajeno al que aspiraba.


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