miércoles 7 de octubre de 2009

DONOSO Y EL CINE


DONOSO Y EL CINE

por Pamela Biénzobas

El 5 de Octubre, José Donoso cumpliriá 75 años de una vida consagrada a la literatura, pero que también estuvo marcada por sus eternos encuentros y desencuentros con otro arte: el cine.

Como un ritual, todos los domingos José Donoso y su esposa María Pilar se juntaban con Carlos Cerda y su señora para ir a la función de vermouth, y de ahí a cenar juntos. Donoso amaba el cine, aunque no se definía como un cinéfilo. Era "un novelista ciento por ciento", como lo recuerda su amigo y colega, y el cine jamás pasó de ser algo secundario para él.

Sin embargo, su vida, su obra y sus diálogos han quedado plasmados en celuloide. Porque ha sido el protagonista y tema principal de documentales ( Pepe Donoso y Donoso por Donoso, de Carlos Flores, y Encuentro con José Donoso, de Benjamín Galemiri); muchos de sus cuentos y novelas han sido llevados al cine o al video, y si bien Cerda asegura que a Donoso no le gustaba escribir guiones, el cineasta Silvio Caiozzi aún se impresiona al recordar la velocidad y naturalidad con que escribía diálogos "prácticamente perfectos".

"Era una ametralladora en la máquina de escribir. Me sorprendía mucho que no parara y pensara un poco. Era como si tuviese grabado en su cerebro la forma como habla tal o cual personaje", recuerda Caiozzi, quien espera tener lista "Coronación" para diciembre. Y aunque no alcanzó a trabajar el proyecto con Donoso debido a la delicada salud del escritor, de algún modo sintió que no estaba solo.

"Me puse a hacer el guión, y juro que pocas veces en mi vida he estado tan inspirado. Cuando lo terminé quedé con la sensación de que Pepe me había ayudado", dice entre risas, apuntando al cielo.

Es que desde su primer encuentro Caiozzi y Donoso estuvieron haciendo planes para trabajar juntos. En 1979, durante el Festival de Huelva, España, tras ver Julio comienza en Julio, Donoso se acercó para proponerle hacer una película con Este domingo, pero al director le pareció demasiado similar a Julio..., y el contacto se perdió. "No nos volvimos a ver hasta que me llamaron de Ictus para dirigir Historia de un roble solo (nouvelle incluida en Cuatro para Delfina) para la televisión". Al ver el resultado, Donoso volvió a sugerir la idea de llevar una historia juntos al cine.

Los primeros cuentos que el escritor le mostró no lograron convencer visualmente a Caiozzi. "De repente me llama y me dice 'tengo una idea. Fui a Valparaíso y se me ocurrió una cosa.'" Esta vez, el director visualizó de inmediato a los tres personajes creados por Donoso, y en cosa de un mes estaba listo el guión de La luna en el espejo.

Luego del trabajo conjunto, para Caiozzi una de las experiencias más maravillosas que ha tenido, vino la filmación y la eterna post-producción: el director apenas podía dedicar los fines de semana a la película, que demoró unos tres años en estar lista. A pesar de las dificultades, jamás pensó abandonar. Y fue gracias a esa perseverancia que el proyecto no terminó como tantas otras de las incursiones del Premio Nacional de Literatura en el cine: en nada.

Debido a la calidad de su obra, Donoso siempre fue buscado por el cine, aunque el 90% de los proyectos se frustrara, explica Cerda, quien asegura que "los que prosperaron se deben en gran parte al talento y perseverancia de Silvio Caiozzi."

De todos modos, de todas las veces que se vendieron los derechos de sus novelas para el cine, hubo algunas que efectivamente llegaron a hacerse. De hecho, ésta no es la primera adaptación de Coronación. Anteriormente el mexicano Sergio Olhovit realizó una versión que Donoso nunca vió, pero que a juicio de su amigo Carlos Fuentes es la peor película que se ha hecho en su país. También en México se realizó una serie de televisión basada en Este domingo.. Y en Chile, un grupo de estudiantes dirigió un video sobre el cuento Santelices.

Claro que los esfuerzos que no llegaron a concretarse fueron bastante más. Entre muchos otros, Anthony Quinn compró los derechos de Casa de Campo, pero la película jamás se filmó. Carlos Flores, al igual que el español Eduardo Lurcay (productor de Tristana), quiso adaptar Gaspar de la noche, una de las Tres novelitas burguesas. Federico Fellini habría sido otro de los interesados en El obsceno pájaro de la noche, la primera novela de Donoso que su gran amigo Luis Buñuel quiso filmar. El otro proyecto eternamente frustrado del español -y el gran sueño incumplido de José Donoso- fue El lugar sin límites, que finalmente llevó a cabo el mexicano Arturo Ripstein, con guión de manuel Puig.

Fue también El obsceno pájaro de la noche el libro que llamó la atención de Michelangelo Antonioni, quien contactó al escritor para decirle que si bien la novela no estaba dentro de su línea, le interesaba mucho su estilo, y le encargó un guión. Donoso se sentó entusiasmadísimo a escribir, pero al poco tiempo este encuentro con el cine -que más bien eran desencuentros, como dice Carlos Cerda- terminó con una llamada del narrador a Antonioni para informarle que no podía hacer el trabajo. Tras escribir las primeras páginas de la historia, Donoso se dió cuenta de que no estaba escribiendo un guión, sino una novela. Cuatro años después estaba lista Casa de campo, y el cineasta italiano se quedó sin su película.

Entre las incursiones curiosas de Donoso en el área se encuentra un guión sobre los últimos días de Rimbaud en África, escrito junto a Leonard Schrader (guionista de Mishima y El beso de la mujer araña).Lo más cerca que estuvo de realizarse fue en la forma de una comedia musical protagonizada por la cantante Patti Smith."Hagan lo que quieran, pero sin mí", habría sido la respuesta del novelista. Claro que finalmente nadie hizo nada.

Otro proyecto inconcluso fue la teleserie que José Donoso comenzó a escribir para Televisa hacia el final de su vida. Cerda recuerda que su amigo asumió el trabajo para poder afrontar los costos de su enfermedad, pero ésta lo venció, antes de terminar el guión. Y antes de poder concretar un secreto anhelo: dirigir. Hace 20 años filmó un documental sobre Picasso en españa, pero la película se perdió antes de montarla siquiera.

Más adelante, la idea permaneció. "Tendría un técnico al lado mío que me aconsejara. Pero me encantaría, creo que sería algo apasionante", confesó en una entrevista a la desaparecida revista Enfoque. "Creo que el montaje es lo que más me interesa y es la parte más creativa, es lo que le da ritmo, la forma. Es la parte más parecida a la literatura, es lo que permite que uno pueda 'leer' la película.".



Rocinante Oct.1999


martes 8 de septiembre de 2009

El lugar sin límites de José Donoso: una re-lectura desde la alegoría de Walter Benjamin


Lit. lingüíst. n.14 Santiago 2003

doi: 10.4067/S0716-58112003001400003

Literatura y Lingüística Nº14

El lugar sin límites de José
Donoso
:
una re-lectura desde la
alegoría de Walter Benjamin

Nelson Rodríguez A.
Universidad Católica Cardenal Raúl Silva Henríquez

"Tengo la calma, tengo la seguridad de otras personas dentro de mí,
pero de algún modo vueltas al revés"
(F. Kafka)

Resumen

El siguiente trabajo es un estudio, que intenta construir una re-lectura a la novela de José Donoso El lugar sin límites , desde un análisis y reflexión que el filósofo alemán Walter Benjamin, realiza en torno al problema de la alegoría.

La alegoría es comprendida en tres acepciones. La primera comprende a la alegoría como la historia, como aquello que sucede. La segunda, es una relación de la historia con "lo que ha sido", lo pasado que tiene la historia, como "la ruina". El tercer momento comprende el trauerspiel, que es la escenificación de la historia, como la escena de la muerte.

Estos tres elementos nos permitirán abrir la re-lectura, por las tantas realizadas, de comprender la obra de Donoso, como la historia misma, la nuestra, la de Chile, cualquiera. La discusión, que debemos inaugurar desde este artículo, es la posibilidad de comprender la literatura como el leernos, desde la ruina y por lo de muerte que la vida tiene.

Palabras clave: José Donoso - discurso alegórico - Walter Benjamin

Abstract

The following work is a study, that attempts to construct a re-reading to the novel written by José Donoso El lugar sin límites (The Place without Boundaries), based on the analysis and reflection that the German philosopher Walter Benjamin develops concerning the problem of Allegory.

Allegory is dealt with in three connotations. The first conceives Allegory as (the story) history itself, as "that which happens". The second is a relationship of (the story) history with "what has been", the past that (the story) history has, such as "the ruin". The third is made up by the trauerspiel, which is the staging of (the story) history, the death scene for example. These three elements will allow us to open the re-reading, due to the many carried out, to understand the work of Donoso, as (the story) history itself, ours, that of Chile's, or any other. The discussion, that we should start from this article is the possibility to understand literature as 'us reading ourselves', from the ruin and the scent of death that life has.

Keywords: José Donoso - allegoric discourse - Walter Benjamin

1. Introducción

El hábito gregario impulsa a creer que la verdad llama a las cosas por su nombre. Así lo advierte el filósofo chileno Martín Hopenhayn, en su libro ¿Por qué Kafka? Poder, mala conciencia y literatura? Y agrega: "este modo de comprender aquello que es la verdad, sólo tiene la posibilidad de ser una adecuación de un concepto a la cosa" (9). Esta definición sostenida por concepciones antiguas, hoy abre sus puertas, para emprender la tarea que concierne a la búsqueda de la verdad en quienes viven en los caminos que están en el abismo, en donde la existencia es posible, como propiamente nombrada. Del mismo modo, quienes han aceptado el camino de la literatura y de la escritura, han intentado buscar, descubrir y relatar sobrepasando la realidad, hasta esa realidad otra, que existe en ella misma.

Esta es la razón por la que hemos escogido la novela El lugar sin límites, pues esta se acoge a la noción de la verdad como búsqueda y develamiento. La novela de José Donoso nos sumerge en la reflexión sobre lo humano, descubriendo que en el corazón de éste, lejos de existir unidad o sentido, existen problemas, mundos disueltos y por disolverse, decadencia, tristeza, dolor y ruina; las mismas situaciones que se encuentran en el corazón de nuestra cultura, de nuestra historia e identidad.

Para lograr los propósitos presentados en nuestras motivaciones, quisimos que este artículo tuviera dos grandes momentos que precisaremos con detención.

El primer momento es una lectura del filósofo alemán Walter Benjamin, quien desde su obra El origen del drama barroco alemán, nos da claras luces sobre cómo interpretar la novela de José Donoso, desde una perspectiva alegórica. El filósofo presenta desde tres elementos importantes un acercamiento a lo que se comprende por alegoría. Primero, muestra la tensión dialéctica entre el símbolo y el significado, es decir, una realidad que se desdice de sí misma y de otra. El segundo, muestra una visión de la Historia como una permanente acumulación de ruinas, que hacen del rostro humano una calavera. El último elemento describe la categoría del trauerspiel, que es la escenificación de toda la historia, como una historia de muerte.

El segundo momento es una lectura a El lugar sin límites, desde los elementos estudiados en el capítulo de la alegoría. Aquí queremos mostrar humildemente, una lectura, otra lectura de las ya leídas y fabricadas en torno a Donoso. Esta es posible, sólo desde la alegoría, pues el corazón de la historia es al corazón de la alegoría; es un problema, es decir, una distribución de puntos relevantes; ningún centro, pero siempre descentramientos, series con, de una a otra, la claudicación de una presencia y una ausencia, de un exceso y un defecto. Estos son los argumentos del porqué se hace necesario asirnos a la novela ya mencionada de José Donoso, leerla, re-leerla, transgredirla, transgredirnos.

2. Hacia una definición de alegoría

Para la definición de la alegoría hemos privilegiado la lectura de la obra El origen del drama barroco alemán, del filósofo alemán Walter Benjamin. Esta obra es un estudio a textos poéticos, narrativos y teatrales del siglo XVII. Desde ellos Walter Benjamin reflexiona acerca de las similitudes que tienen estos con la formación de la misma historia alemana. La relación entre los distintos escritos y la formación de la historia alemana es posible a partir del concepto que el ensayista nombra como la alegoría.

La alegoría es un concepto o una categoría que al ser profundizada se convierte en una realidad, es decir, la alegoría está lejos de ser una abstracción de la realidad; ella es un modo de comprenderla, un modo de descubrirla. Y si la alegoría posee la capacidad de interpretar la realidad es porque "ella tiene en si misma la capacidad de expresión, como lo tiene el lenguaje y la misma escritura"(155), que no lo tienen otros conceptos.

Walter Benjamin establece tres elementos para explicar la alegoría. El primero presenta la tensión dialéctica entre el signo y el significado. Hasta entonces, el símbolo era comprendido como aquello que el hombre debía interpretar para la completación de su ser. Por lo tanto, existía una línea directa entre lo que el hombre es y lo que debe ser. Se habla entonces, de una pretensión de totalidad del símbolo con respecto a la vida del hombre, es decir, el hombre alcanza su plenitud, su unidad y totalidad, desde el símbolo.

Una explicación acotada sobre el símbolo, la entrega el filósofo Hans Georg Gadamer, en su obra La actualidad de lo bello. Este postula que el término símbolo deriva de la lengua griega y significa tablilla del recuerdo, en cuanto un signo o un registro es coincidente con aquello que se recuerda. Así, la experiencia de lo simbólico permite que para un hombre el símbolo "se presenta como un fragmento de ser que promete complementar en un todo íntegro al que se corresponda con él"(85).

Lo que intenta explicar Gadamer es que el símbolo es aquello que le falta al hombre para comprenderse en su totalidad. De este modo, el símbolo "asegura nuestro crecimiento en el ser de nuestra existencia"(90). En conclusión, el símbolo representa la posibilidad real del hombre de encontrar aquello que lo trascienda. Así el símbolo es como un referente que completa lo que al hombre le falta de ser, de sentido y significado.

Contrariamente a esto, Benjamin define la alegoría como la desarticulación de toda unidad pues, "en la alegoría barroca se extingue esa falsa apariencia de totalidad"(176). De este modo, el significado, no es una continuidad del signo, ni menos su totalidad. Por lo tanto, el hombre no encuentra su fin en el símbolo, pues desde la alegoría el sentido de la vida del hombre y su existencia misma está quebrada. Esto no significa que al hombre le sea negada toda posibilidad de trascender, sino que éste trasciende desde una experiencia de negación.

La alegoría, al revelarse como una experiencia de negatividad, deja al hombre en la posibilidad de negar lo propio de su ser y de su identidad por otra, pues la alegoría "es una pura desintegración de la totalidad humana"(176). Así, el devenir de toda experiencia se agita en la posibilidad de ser y no ser, del mismo modo como "el movimiento alegórico se agita dialécticamente en un abismo"(158). En términos más generales, la alegoría se constituye desde un constante descalce entre el ser y el parecer, entre la expresión y el contenido, entre la parte y el todo, entre el símbolo y el significado.

Si fijamos la mirada en la obra de José Donoso El lugar sin límites y, en particular, en el personaje de la Manuela, sucede lo que comprendemos por tensión dialéctica entre el símbolo y el significado. La Manuela frente a su hija la Japonesita vacila de su paternidad, es decir, de ser el hombre Manuel González Astica. Al nombrar a la Manuela, nuestra primera imagen o referente simbólico es Manuel González. Pero es él mismo quien vacila de esta unidad entre ambos, al prohibirle a su propia hija nombrarlo como papá:

"¡Qué papá!. No me hagas reírme, por favor, mira que tengo los labios partidos y me duelen cuando me río… Papá. Déjame tranquila, papá de nadie. La Manuela no más, la que puede bailar hasta la madrugada hasta la madrugada y hacer reír a una pieza llena de borrachos."(105-106).

Manuel González no quiere ser papá de nadie y niega su identidad, o sea, niega su masculinidad y paternidad, otorgándose una condición femenina que no le pertenece: "Déjame tranquila", le responde a su hija. Pero esta condición no la deja imposibilitada de trascender, pues desde su nueva condición asegura ser la única que puede bailar hasta la madrugada y hacer reír a una sala llena de borrachos.

Para entender mejor la alegoría, Walter Benjamin nos propone comprenderla desde su particular visión de la Historia. Este es el segundo elemento que el filósofo otorga a la reflexión de la alegoría. Desde la ruptura con lo simbólico, la alegoría compromete aquí su relación con la experiencia y con la Historia. Si la alegoría es un proceso marcadamente dialéctico y abismal, estará íntimamente vinculada con el desenvolvimiento de la Historia, pero desde su lado oscuro. Al decir de Benjamin, mientras que en el símbolo todo se revela como trascendencia y redención, en la alegoría la Historia se revela como un paraje primordial petrificado. Esto quiere decir que todo lo que la Historia tiene de doloroso, intespectivo y fallido se plasma en un rostro, pero un rostro que tiene la figura de una calavera. Lo que es Historia es lo hecho por el hombre en el mundo y su tiempo. La alegoría será entonces, la expresión del reiterado fracaso del hombre por reencontrar la gracia, esa redención que le ha sido negada.

Según Walter Benjamin, son dos las características que hacen posible la comprensión de la Historia desde la alegoría. Primero, la Historia se devela principalmente como lo pasado en el hombre. Lo sido adquiere relevancia al ser, ese paraje donde el hombre mira para poder redimir lo que ha vivido. La segunda característica consiste en mirar la historia que se encarna en un hombre, que se muestra como una calavera.

En la alegoría el hombre sólo es sujeto de la Historia cuando se ve enfrentado a su pasado. En el intento de redimirlo, lo devuelve a un estado de ruina. La cita de Walter Benjamin en su obra La dialéctica del suspenso. Fragmentos sobre la Historia es clarificadora:

"Y éste deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas sobre sus pies. Bien quisiera él detenerse y despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que siendo tan fuerte el ángel no puede cerrarlas. Este huracán lo empuja irresistiblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo"(54).

En la alegoría cada hombre debe comprender su historia desde el pasado. Pero este pasado tiene la característica de ser un pasado doloroso, sombrío y ruinoso. El hombre que mira su historia hacia atrás descubre un montón de ruinas que despiertan en él la innegable posibilidad de redimirlas. Lo mismo ocurre con la Manuela al mirar su pasado. Este se descubre ruinoso al verse peregrina, huyendo de un lugar a otro, siendo expulsada de todos los lugares donde intentaba redimir su historia:

"De una casa de putas a otra. Desde que tenía recuerdo… de una casa en otra, siempre, desde que lo echaron de la escuela cuando lo pillaron con otro chiquillo y no se atrevió a llegar a casa porque su papá andaba con un rebenque enorme, con el que llegaba a sacarle sangre a los caballos cuando los azotaba, y entonces se fue a casa de una señora que le enseñó a bailar español. Y después ella lo echó, y otras, siempre de casa en casa, sin un cinco en los bolsillos, sin tener dónde esconderse y descansar…"(84).

Todas las partidas de la Manuela hacen de su vida una ruina, una sobre otra. Pero a pesar de este pasado ruinoso, ella intenta redimir esta situación al aceptar la propuesta hecha por Don Alejandro Cruz a la Japonesa. La apuesta consistía en realizar "un cuadro plástico" en el que la Japonesa y la Manuela brindaran a los hombres el acto sexual. La Manuela, a pesar de negarse en un principio, piensa en su futuro, la única posibilidad de poder redimir su pasado: "Total. Era un rato. Los garbanzos no me gustan pero cuando no hay más que comer … total. Propietaria una. Nadie va poder echarme… y hay esperanza para una loca y fea como yo"(85).

Pero la Manuela, al aceptar la apuesta, logró que en su intento de redimir su pasado, se escribiera una nueva ruina en su historia, en su vida, puesto que quedará marcado por la paternidad y enjendrará a la Japonesita.

El futuro nuevamente le volvía la espalda a este personaje "que ahora a los cuarenta años se le están soltando los dientes y llega a tener miedo de salpicarlos al estornudar"(85). El rostro de la Manuela no puede ser otro que el de un nuevo abandono. Un rostro que comienza a perder la fisonomía humana para convertirse en una calavera. La cita del filósofo en El origen del drama barroco alemán, advierte esta realidad:

"Todo lo que la historia tiene de intespestivo, de doloroso, de fallido, se plasma en un rostro; o mejor dicho: en una calavera... en esta figura suya (la más sujeta a la naturaleza) se expresa plenamente y como enigma, no solo la condición de la existencia humana en general, sino también la historicidad biográfica de un individuo"(159).

El rostro convertido en una calavera es la segunda característica que Walter Benjamin propone para comprender la historia desde la alegoría. La historia para el hombre es el recorrido de este por lo doloroso que ella tiene, por lo fallido que ella nos muestra. La Historia se encontraría, en los indicios de la decadencia, de tristeza y por sobre todo, en la ruina. Por lo tanto, el hombre se vuelve sujeto de su historia por lo de muerte que ella tiene, pues desde la condición de calavera el hombre encuentra su sentido, pues atañe a su historicidad biográfica individual intentar caminos desde las ruinas. La Manuela es un ser al borde de la muerte, un palo seco (una calavera) que sólo adquiere expresión desde el baile travesti que lo constituye desde una experiencia de negatividad.

El núcleo de la visión alegórica en la exposición barroca de la Historia, en cuanto historia de los padecimientos del mundo, se vuelve significativa desde las fases de su decadencia: "a mayor significación, mayor sujeción a la muerte, pues es la muerte la que excava más profundamente la abrupta línea de demarcación entre el hombre y su significación"(159). La experiencia de la muerte, como una experiencia de negación, nos permite comprender la historia en la individualidad misma del hombre y no desde un sujeto general al que le suceden cosas, o un concepto o una idea. El hombre en su ser concreto es una calavera por la experiencia de la muerte que este hace en su historia.

La escena inversa a la del cuadro plástico es la del baile nocturno de la Manuela vestida de española, en el derruido salón del burdel. Esta acción le devolvería (en apariencia) la gracia a su estado ruinoso. No obstante, por la descarga de deseo que transmite este acto en el público, le conlleva también miseria y muerte: la Manuela será golpeada, violada, abandonada. O sea, de nuevo resplandece la calavera; aunque esta vez en su máximo fulgor.

Desde la experiencia del hombre con su muerte, llegamos al tercer elemento con el que Walter Benjamin termina de argumentar su concepción de alegoría. Esta nueva categoría es la del trauerspiel, entendida como una escena fúnebre (del barroco alemán), que capta todo lo que la historia tiene de fatídico y ruinoso, considerando al hombre como una criatura cualquiera, arrojado al mundo como un ser más. El trauerspiel

"tiene como contenido la vida misma de los hombres en su época enfrentados a la muerte"(47).

Para Walter Benjamin lo esencial de la visión alegórica como trauerspiel es que se muestra la Historia como los padecimientos de un individuo. Es la escena que descubre al hombre en su negación más honda, mostrándolo conciente de su nueva ruina, en una melancolía extrema por su paraíso perdido.

La escena que mejor revela en El lugar sin límites este escenario de muerte en el que el hombre se descubre en su nueva ruina es el final del "cuadro plástico", cuando la apuesta hecha por Don Alejo está cumplida. En ese momento la Manuela siente que ha perdido. Su identidad está lejos de ser lo que había hecho:

"Pero júrame Japonesa que nunca más, por Dios qué asco, júrame, socias, claro, pero esto no, nunca más porque ahora no existe ese tú, sino ese yo que ahora estoy necesitando tanto, y que quisiera llamar desde el rincón de este gallinero"(105).

Así la Manuela no quiere ser para la Japonesa ese tú (masculino, de ser Manuel González), pues, desde ese yo que anhela, o sea, como la Manuela, está su máxima redención y al mismo tiempo la experiencia misma de la muerte. Así, la alegoría desde el trauerspiel se transforma en un modelo privilegiado para la comprensión de nuestra vida, desde el doloroso intento de dar continuidad a instantes disconexos y heterogéneos. El trauerspiel nos sugiere más radicalmente. Exponernos a la vida como exponernos a un vacío: esa es la real experiencia de la muerte. Vivir, por tanto, es dejar aquel ser por el que todo hombre se comprende. Vivir es asumir el desgarro de autoexiliarse de la propia identidad, a un espacio vacío, en un intento fallido de redención que, paradójicamente, nos constituye como sujetos.

En el caso de la Manuela, que renuncia a su masculinidad para abismarse en el vacío, donde se constituye como Manuela. Sin embargo, en realidad, su experiencia es la de una tensión permanente entre su paternidad (ha engendrado a la Japonesita) y su otredad. Por eso, hacia el final de la novela, cuando huye despavorida del ataque de Octavio y Pancho, la Manuela descubrirá también, aterrada, en su ruina pasada, irredenta: la de ser Manuel.

Como colofón, plantearemos una relación existencial entre la situación de Walter Benjamin cuando escribió sobre la alegoría y las circunstancias de producción y de recepción de este novela de José Donoso.

Walter Benjamin comienza su estudio sobre la alegoría en el barroco alemán en 1916, para terminar la primera redacción en 1925, siendo publicado en 1927 y 1928. La situación es la siguiente: el autor comienza su trabajo en plena Primera Guerra Mundial y la termina en la posguerra. Los hombres intentaban en ese entonces redimir sus cenizas desde el mismo polvo. De este modo, no es casualidad que su estudio se haya abocado a la alegoría del barroco alemán, pues el barroco, según el autor, había sido mal interpretado por las escuelas del simbolismo clásico, comprendiendo sólo lo que al hombre le falta de ser. Pero la alegoría describe un modelo privilegiado para comprender nuestra vida dentro de la Historia: un torpe desciframiento, durante momentos, del sentido, que es el doloroso intento de devolver continuidad a instantes desconexos y heterogéneos. El barroco alemán ofrecía, desde la alegoría, una forma de interpretar la situación contemporánea en la que estaba inserto el filósofo.

No es difícil entonces, comprender cómo nuestro José Donoso llega a escribir El lugar sin límites. Chile, país tercermundista ubicado en el continente latinoamericano, que intenta aguerridamente, ponerse a la altura de lo que hoy son las potencias mundiales; Chile, un país que se debate entre el dolor y la esperanza de quienes, por un lado, intentan ser modernos y por otro, quienes viven el desarraigo de la pobreza. Aquí es donde se sitúa Manuel González Astica, hombre pobre de pasados inciertos, que transgrede su vida y su identidad para dar un nuevo rostro, a la misma identidad que se vuelve calavera. Manuel González es la Manuela, un ángel que intenta devolver el sentido perdido a su existencia, un ángel que intenta hacer un cielo en el mismo infierno lleno de fragmentos y derrotas.

Así, si la alegoría del barroco alemán sirvió a Benjamin para comprender la situación de los hombres en aquella época; entonces será posible leer El lugar sin límites desde la alegoría, para comprender la situación histórica, cultural y social en la que se encuentran los hombres de este país, que a ratos se vuelve alegórico.

Al hablar de un país con características alegóricas, me refiero a que el mismo Donoso infería al hablar de las distintas transgresiones o enmascaramientos a los que está sujeto el hombre común. En este sentido, la máscara de Manuel González en la Manuela ofrece algunas entradas a la reflexión. Pues, tal acción se produce como la respuesta vital a los condicionamientos de la vida humana, para enfrentar lo que esta tiene de horrible e intolerable. La transgresión es la actitud de aquel que tiene la conciencia de una realidad que lo sobrepasa, que no puede soportar, que no puede mirar sin arrancarse los ojos; es la visión trágica del mundo, la visión alegórica de éste.

Las máscaras o transgresiones, dirán más de la condición auténtica del mundo, su sentido de existir, que una acción que comulgue o negocie, aquello que de hombre se tiene. Esencialmente, eso es alegoría: articular un posible sentido aunque de suyo asomen a cada historia una nueva ruina.

La alegoría no señala directamente lo que el hombre o la historia son. Lo que la alegoría hace es reflexionar: reflexionar sobre el estado de las cosas del hombre, advirtiendo que el corazón de la realidad es pura tensión, pura negación y ruina.

3. Una lectura circunscrita

El lugar sin límites es una historia: la historia de un pueblo, la historia de los personajes que en ella misma circulan. El lugar sin límites es la historia de la misma historia. Pues ella es el propio pasado de cada uno de los que viven en la Estación El Olivo y que no logran reconciliarse ni redimirse con ningún futuro.

Si la obra de José Donoso es una historia, no goza en ser una historia lineal o progresiva, sino una de ruinas que se levantan unas sobre otras: es una historia de descentramientos, decadencia y tristezas.

La Estación El Olivo es el lugar donde transcurre la obra. El Olivo es lo opuesto a la ciudad o a su referente más cercano, que es Talca. Esta última goza de crecer en el progreso tan añorado por quienes, de algún modo, han vivido bajo los crueles embates de la pobreza. Si Talca significa mirar el progreso de la modernidad, El Olivo es el olvido de la misma, es mirar de regreso todas las acciones que se inscriben en el mundo premoderno.

Si alguna vez El Olivo estuvo en los planes de algún senador o diputado, para convertirlo en un pueblo donde la esperanza de los habitantes por un mundo mejor fuera la clave del propio progreso, no se consiguió; el poder de quienes lo ejercían pudo más en su contra que a favor. La Estación ahora es un miserable caserío del Chile central, de hombres que han perdido la esperanza y que, por lo mismo, viven en permanentes derrotas y sin posibilidad de cambios. El pueblo entero, está sepultado como por un otoño de densas hojas secas que cubren poco a poco cada una de sus casas:

"Los álamos se agitaron. Si el viento arreciaba, el pueblo entero quedaría invadido por las hojas amarillas durante una
semana por lo menos y las mujeres se pasarían el día barriéndolas de todas partes, de los caminos, los corredores, las puertas y hasta debajo de las camas, para juntarlas en montones y quemarlas… entre los muñones de paredes derruidas y cubiertas de pasto y la zarzamora devorando las habitaciones de las casas abandonadas… hacía mucho tiempo que todos los toneleros, herreros, lecheros y galpones, trasladaron sus negocios a Talca"(20-21).

Pero si en la Estación El Olivo poco a poco todo iba girando para convertirse en un cementerio, existía un lugar que desdecía de este centro. El lugar de descentramiento por excelencia de la Estación El Olivo es el prostíbulo. Recuperar toda la significatividad del lugar es la justificación de este centro, donde los hombres llegan a liberar todas sus frustraciones y represiones vividas. Es el lugar donde los hombres llegan a beber, a bailar y dejarse seducir por las caricias, bailes y cantos de La Manuela, la mujer, la puta, el homosexual, que lucha reñidamente entre su morir en vida y un vivir mejor.

Si podemos hacer la relación entre El Olivo y el prostíbulo, podemos postular la siguiente afirmación: el prostíbulo para El Olivo es como el wurlitzer para el mismo prostíbulo. El Olivo sufre un total descentramiento en su devenir, al establecerse un lugar lleno de fiesta y esperanza en el mismo corazón del pueblo. De algún modo, el prostíbulo surge como el lugar de la esperada modernización de El Olivo; tal como el wurlitzer para el prostíbulo. El aparato significaría la llegada de la electricidad al pueblo y la consolidación económica para el burdel. La Japonesita, hija de Manuel González, la Manuela, esperaba sólo la noticia de que "en cuanto electrificaran al pueblo, funcionaría en su casa el Wurlitzer"(43). Pero la electricidad nunca llegó, a pesar de la compra del wutlitzer. Por lo tanto, las expectativas en relación a cualquier signo de progreso o modernidad quedan hundidas en el rotundo fracaso. El Olivo sigue su historia que se hunde a paso lento entre las hojas y zarzamoras, mientras el prostíbulo termina con el último soplido que apaga la última vela encendida del lugar. La Japonesita, ya sin el público acostumbrado, sola,

"…cerró la puerta con la tranca. Sobándose las manos caminó entre las mesas apagando, uno por uno, los chonchones… Entró a su pieza y se metió en su cama sin siquiera encender una vela" (134).

El prostíbulo, el lugar que parecía ser creado por un dios; estaba compuesto por "siete mesas sucias, donde los hombres dejaban su olor a sudor, aceite de máquinas y cigarros baratos" (16). Siete mesas, como la misma creación en siete días. Pero nada hacía suponer que ese lugar sería la obra de un dios, pues más se asemejaba al mismo descenso a los infiernos;

"La casa se estaba sumiendo. Un día se dieron cuenta de que la tierra de la vereda ya no estaba al mismo nivel que el piso del salón sino que más alto, y la mantuvieron con una tabla de canto sostenida por dos cuñas. Con los años, quién sabe cómo y casi imperceptiblemente, la acera siguió subiendo de nivel mientras el piso del salón, tal vez de tanto rociarlo y aprisionarlo para que sirviera para el baile, siguió bajando" (19).

La historia que identifica a cada uno de los personajes en El lugar sin límites no dista del mismo relato que describe a la Estación El Olivo. Desgarros, tristezas y contradicciones son las características que rodean las ruinosas vidas de don Alejandro Cruz, Pancho Vega, la Japonesa, su hija la Japonesita y la Manuela, quienes dan vida a este particular lugar sin límites.

Don Alejandro Cruz o don Alejo es el senador de la región. Don Alejo es quien representa el poder, la oligarquía en la Estación El Olivo. Tal condición reviste al senador de una imagen divina para la gente del pueblo. Don Alejo juega a construir y destruir la identidad del pueblo y de quienes ahí viven, precisamente porque él es como un dios:

"Aquí en el pueblo es como un Dios. Hace lo que quiere. Todos le tienen miedo. ¿No ves que es dueño de todas las viñas, de todas, hasta donde se alcanza a ver?. Y es tan bueno que cuando alguien lo ofende, como éste que te estaba molestando, después se olvida y los perdona. Es bueno o no tiene tiempo de preocuparse de gente como nosotros" (72).

Como veíamos más arriba, don Alejandro tenía la responsabilidad de promover el progreso del pueblo. La electricidad era significativa en este proyecto: era permitir que un pueblo, acostumbrado a ver en la oscuridad, pudiera ver la luz; o también, un pueblo que de escuchar afónicas vitrolas, podía aspirar a sentir el sonido de un moderno wurlitzer.

Pero los aires de divinidad arrojados por don Alejo no son suficientes para descubrir su lado oculto. Si don Alejandro era un dios, éste lo era al modo de como se comporta un real demonio. La posibilidad de poder dominar las almas de quienes lo rodeaban, permitió que un hombre y una mujer o mejor, un homosexual y una mujer o dos mujeres, una macha y una hembra, pudieran darle en el gusto, "formando cuadros plásticos" para todos los presentes en ese momento en el prostíbulo.

Todo comenzó con la apuesta que don Alejandro le hace a la Japonesa. Consistía en que ella tenía que provocar la excitación de la Manuela hasta la culminación del acto sexual. El cumplimiento de este cuadro plástico, le permitiría a la Japonesa pedirle a don Alejo lo que quisiera:

" _Ya está. Ya que te creís tan macanuda te hago la apuesta. Trata de conseguir que el maricón se caliente contigo. Si consigues calentarlo y que te haga de macho, bueno, entonces te regalo lo que quieras, lo que me pidas. Pero tiene que ser con nosotros mirándote, y nos hacen cuadros plásticos" (80).

Mientras se daba cumplimiento a la apuesta, la intimidad de la Manuela, el maricón no alcanzaba a soportar tanta miseria, no alcanzaba a comprender los pasos que la Japonesa había escogido para alcanzar poder. Todo se le volvía oscuridad: la pérdida de lo propio, la identidad arrojada a lo sombrío, a la sordidez de los otros que miraban; mientras los olores de los cuerpos fundían el dolor de aquel cuadro plástico:

"… y ese olor se prendía en mi cuerpo y se pegaba a mi, el olor de ese cuerpo de conductos y cavernas inimaginables, ininteligibles, manchadas de otros líquidos, pobladas de otros gritos y otras bestias y este hervor tan distinto al mío, a mi cuerpo de muñeca mentida, sin hondura, todo hacia fuera lo mío, inútil, colgando, mientras ella acariciándome con su boca y sus palmas húmedas, con los ojos terriblemente cerrados para que ella no supiera que sucedía dentro, abierta todo hacia adentro, pasajes y conductos y cavernas y yo allí, muerto en sus brazos, en su mano que está ungiéndome para que viva, don Alejo y los otros que se ríen de nosotros, no oyen lo que la Japonesa Grande me dice despacito al oído, mijito es rico, no tenga miedo, si no vamos hacer nada, si es la pura comedia…y su voz caliente y manchado de vino seguía diciendo: si es para la casa , nada más, para la casa…a ella le gusta hacer lo que está haciendo aquí en las sábanas conmigo. Le gusta que yo no pueda: con nadie, dime que sí, Manuelita linda, dime que nunca con ninguna mujer antes que yo, que soy la primera y así voy a poder gozar mi linda, mi alma, Manuelita, me gusta tu cuerpo aterrado,… la pobre Japonesa Grande creía que existía pero no existe y no ha existido nunca a pesar de que me toca y me acaricia… No mijita, Manuela, como si fuéramos dos mujeres, mira así, ves, las piernas entretejidas, el sexo en el sexo dos sexos iguales…tu eres la mujer , Manuela,… yo soy la macha y tú la hembra…yo durmiendo sobre ella, me dice al oído mijita, mijito." (103-105).

Después de esto, queda demostrado que don Alejandro más que un dios es un demonio o, mejor dicho, un demonio disfrazado de dios, un dios transgredido. La Japonesa logra convertirse en la administradora del prostíbulo y en una fiel seguidora del político más connotado del pueblo, llegando a pertenecer al mismo partido político, el partido histórico tradicional, de orden, de gente decente, sin deudas, sin líos, la gente que iba al prostíbulo a divertirse y "cuya fe en que don Alejo haría grandes cosas por la región era tan inquebrantable" (66), como la de ella. Tanta fe tenía, que apenas obtuvo el prostíbulo como propietaria, sentía que el pueblo se iba a ir para arriba "y yo y la casa con el pueblo" (83). La Japonesa, deslumbrada y cegada por la nueva condición otorgada por don Alejo, nunca cuestionó sus procederes; ella prefería ser siempre la mujer que aspira a conservar el favor y los privilegios del caudillo local.

La relación de dependencia hacia don Alejandro y la ruptura de ésta era la tensión vital que sufría Pancho Vega. Su infancia estuvo a cargo de don Alejandro Cruz y su familia, quienes le apoyaron en la educación y formación. A tanto llegó el cariño por Pancho Vega que a ratos lo usaban de entretención para su hija, con la que se divertían jugando a las muñecas. Hechos como éste hicieron que el alma de Pancho fuera despertando de tanta ingenuidad vivida al lado de los Cruz. Es el mismo cuñado, Octavio, el que más tarde volverá a insistir a Pancho sobre la real persona que es Alejandro Cruz:

"Que no fuera tan inocente, que se diera cuenta de que el viejo jamás se había preocupado de la electricidad del pueblo, que era puro cuento, que al contrario, le convenía que el pueblo no se electrificara jamás. Que no era inocente, que el viejo era un macuco… Quiere que toda la gente se vaya del pueblo. Y como él es dueño de todas las casas y si no de todas, que le cuesta echarle una habladita al intendente para que le ceda los terrenos de las calles que eran de él para empezar entonces echar abajo todas las casas y arar el terreno del pueblo abonado y descansado, y plantar más y más viñas como si el pueblo jamás hubiera existido…" (96).

Pancho Vega jamás podrá romper su dependencia. La rabia de cargar con una antigua deuda a don Alejo lo lleva a cometer actos impulsivos, llenos de dolor, angustia y amargura, conduciendo el camión que había comprado con la ayuda del señor feudal:

"Entonces Pancho porque sí, porque le dio rabia, porque le dio miedo, comenzó a tocar la bocina como un loco y los perros a redoblar sus saltos rasguñando la pintura colorada que tanto cuidaba, pero ya no importaba, ahora no importaba más que tocar, tocar, para derribar las palmeras y encinas y atravesar la noche de parte a parte para que no quede nada, tocar, tocar, y los perros ladran mientras en el corredor se prende la luz y se prenden figuras entre los sacos, y bajo las puertas, gritando a los perros, corriendo hacia el camión pero Pancho no cesa, tiene que seguir, los perros sin obedecer a los peones que los llaman" (90).

La dependencia de Pancho es algo insalvable, a no ser por la aparición de la Manuela. En el prostíbulo, Pancho, como muchos otros llegaban al lugar para romper con todas sus represiones, todas las razones que lo hacían un oprimido, un hombre casi sin serlo. La Manuela es vista por el mismo Pancho como un elemento de salvación. Ante la propia adversidad de no poder romper con nada de su pasado, huye hacia el prostíbulo. En el lugar, el baile, el vino, el canto, son los elementos que contribuyen a la total entrega de Pancho a las seducciones de la Manuela. Ella baila y se contorsiona ante él, quien sin dudar sigue el juego, liberando su escondida homosexualidad.

Pancho Vega logra irse del pueblo. Se va a Talca convertido en un pequeño empresario. En el camino que recorre dejará las huellas que jamás querrá volver a caminar, él quiere ir más allá, quiere ir a otras cosas. No quiere volver, él quiere ir siempre hacia delante:

"Inclinado sobre el manubrio, Pancho escudriña la oscuridad porque tiene que escudriñarla si no quiere despeñarse en un canal o injertarse en la zarzamora. Cada piedra del camino hay que mirarla, cada bache, cada uno de estos árboles que yo iba a abandonar para siempre. Creí que quedaba aquí esto con mis huellas, para después pensar cuando quisiera en estas calles por donde voy entrando, que ya no van a existir y no voy a poder recordarlas porque ya no existen y yo ya no podré volver. No quiero volver. Quiero ir hacia otras cosas, hacia delante" (96).

Pancho se irá sabiendo que no pudo romper con las ataduras que lo unen a don Alejo. Pancho Vega se va, sabiendo que la Manuela, "la loca de la Manuela podía salvarnos"(121). La Manuela, esa loca en la que todos podían ocultar su historia.

La Manuela es el personaje central de la obra. Es la que tiene relación con todos los personajes aquí tratados, don Alejo, la Japonesa y Pancho Vega. Quizás la mejor representación de la novela o de la historia de El lugar sin límites es la Manuela.

Desde un afuera, llega este personaje para insertarse en la vida de El Olivo. Fue siempre peregrino desde que huyó de casa al saber que su padre lo golpearía por haber sido sorprendido con otro chiquillo. Después, vivió con una mujer que le enseñó a bailar español. De ahí su vida sería ir de casa en casa, de prostíbulo en prostíbulo. Quizás estos elementos de su historia, le significaron poseer una mirada profunda para hacerse solidaria en la historia con otros:

"De una casa de putas a otra. Desde que tenía recuerdo…de una casa en otra, siempre, desde que lo echaron de la escuela cuando lo pillaron con otro chiquillo y no se atrevió a llegar a su casa porque su papá andaba con un rebenque enorme, con el que llegaba a sacarle sangre a los caballos cuando los azotaba, y entonces se fue a casa de una señora que le enseñó a bailar español. Y después ella lo echó, y otras, siempre de casa en casa, sin un cinco en los bolsillos, sin tener dónde esconderse y descansar…" (84).

Así, descubrimos a la Manuela con un pasado no resuelto, con un origen perdido, con una historia que la hace arrancar del látigo paterno, para esconderse y refugiarse en otro látigo, el de don Alejandro Cruz, quien, abusando de su excentricidad, la hace víctima de sus sórdidos placeres.

La Manuela pierde su propia identidad para poder hacerse cargo de su historia. La Manuela es Manuel González Astica. La Manuela, de este modo, pasa a ser el maricón, el homosexual y la puta del lugar. La que, a pesar de la pobreza, a pesar de toda la miseria circundante, no duda en ser el alma de todas las fiestas organizadas en el prostíbulo, no vacila, a pesar de su edad, en ser la artista del lugar:

"Vieja estaría pero iba a morir con las plumas puestas…Si la fiesta se componía y la rogaban un poquito, no le costaba nada ponerse las plumas aunque pareciera espantapájaros y nada tuviera que ver con su número de baile en español. Para que la gente se riera, nada más, y la risa me envuelve y me acaricia y los aplausos y las felicitaciones y las luces, venga a tomar con nosotros lo que quiera mijita, lo que quiera, para que nos baile otra vez"(16-17).

Como la mayoría del pueblo, la Manuela también establece relaciones de dependencia con don Alejo. Para ella, el terrateniente es quien puede protegerla de los hombres del lugar que quieren hacerle daño, es la única esperanza de convertirse en estrella, en una verdadera artista, en una maravilla. Para la Manuela, don Alejandro es la esperanza:

"…y hay esperanza hasta para una loca y fea como yo, y entonces la desgracia no era una desgracia sino que podía transformarse en una maravilla, gracias a Don Alejo, que me promete que las cosas pueden ser maravillosas, cantar, reírse y bailar en la luz de todas las noches para siempre" (85).

Es así como la Manuela, de ser un ángel para don Alejo, va convirtiéndose en un ángel caído, usado y transformado por los ilimitados poderes que el hacendado tenía hacia quienes lo apoyaban. La ya mencionada apuesta hecha a la Japonesa, deja ver en aquellos "cuadros plásticos" cómo la identidad de la Manuela se vuelve un tormento casi insostenible:

"Pero júrame Japonesa que nunca más, por Dios qué asco, júrame, socias, claro, pero esto no, nunca más porque ahora no existe ese tú, ese yo que ahora estoy necesitando tanto, y que quisiera llamar desde este rincón del gallinero, mientras los veo bailar en el salón" (105).

De aquella apuesta nació la Japonesita, un esperpento, un híbrido, una mujer que no menstrúa y que está entregada, como heredera del burdel, a llevar las cuentas, como una máquina, para depositar el dinero en Talca y establecer ahí la compra de algunos beneficios, como lo era el esperado wurlitzer. La Japonesita comprenderá que su vida ha sido un morir lentamente junto con el pueblo; que necesita entregarse a otro ser humano para superar esa soledad que la mata, para renacer y descubrir la riqueza de la existencia humana. Finalmente, la Japonesita decide entregarse a Pancho Vega, quien forzándola, logrará tenerla, aunque esa noche corra sangre. En la violencia ejercida la Japonesita descubrirá algo con qué vencer el frío y la soledad del invierno. La Japonesita, esta mujer virgen, frígida y hombruna, será una nueva tensión en la identidad de la Manuela, pues la Manuela es el padre que no quiere ser padre, sino sólo la Manuela:

"¡Qué papá! No me hagas reírme, por favor, mira que tengo los labios partidos y me duelen cuando me río…Papá. Déjame tranquila, papá de nadie. La Manuela no más, la que puede bailar hasta la madrugada y hacer reír a una pieza llena de borrachos" (105-106).

La tensión vital entre lo que se es y lo que no se es gira en torno a la Manuela, como quizás gira en torno a todos los habitantes de El Olivo y del pueblo mismo. La desorientación radical no es la tónica de la obra en cuanto historia, sino en cuanto cada personaje debe asumir su historia. Esto es lo que ocurre con la Manuela, que después del baile y seducciones, quiere escapar, ir a otro lugar para seguir la celebración y, por qué no, redimir la vida de algunos de los que allí estaban. Pero tal acción era pretenciosa, pues la misma condición homosexual de la Manuela traiciona toda posibilidad de partir. Al intentar besar a Pancho, éste reacciona con violencia negándole ese tipo conductas, más aún estando su cuñado de por medio. La Manuela se descubre como el que es: Manuel González Astica. Siente terror de ser el que es y sólo huir hacia don Alejandro podría salvarlo de aquella situación:

"Parada en el barro de la calzada mientras Octavio la paralizaba retorciéndole el brazo, la Manuela despertó. No era la Manuela. Era Manuel González Astica. Él. Y porque era él iban a hacerle daño y Manuel González Astica sintió terror… don Alejo, don Alejo. Él puede ayudarme. Una palabra suya bastará para que estos rotos se den a la razón… Usted lo prometió…de protegerme y defenderme y sanarme y consolarme…" (124-125).

Pero la divinidad de don Alejo (que estaba más allá del límite de la calle y el pueblo, más allá del límite de la misma historia de la misma Manuela) no la pudo salvar del castigo y paliza otorgado por Pancho Vega y Octavio:

"Octavio, o quizás fuera Pancho el primero, azotándolo con los puños… tal vez no fueran ellos sino otros hombres que penetraron la mora y lo encontraron y se lanzaron sobre él y lo patearon y le pegaron y lo retorcieron, jadeando sobre él, los cuerpos calientes retorciéndose sobre la Manuela que ya no podía ni gritar, los tres una sola masa viscosa… unidos los tres por el vómito y el calor y el dolor allí en el pasto, buscando quién es el culpable…" (126).

La fiereza y la violencia ejercida por Pancho o por Octavio son quizás la misma violencia del padre de la Manuela al esperar a su hijo pródigo con un látigo. Es quizás el mismo látigo, silencioso y sigiloso con que Alejandro Cruz oculta en su ser un buen dios, un demonio de acciones impredecibles. Es la misma violencia con la que actúa la Japonesa para cumplir la apuesta de Don Alejo. Es la violencia de la Manuela al negar su propia paternidad a la Japonesita. Es la violencia de todos que en desde la historia de cada uno "intentan buscar quién es el culpable" (126).

Pero en esta historia no existen culpables. Sólo quien intenta ir más allá del límite, como lo hace la Manuela en busca de la ayuda de don Alejo, que está más allá del límite del pueblo; o como Pancho Vega que huye a Talca sin redimir su propio pasado; o la Japonesa que acepta la apuesta del hacendado para ser propietaria y dejar de ser parte de la servidumbre del mismo hombre; o como la Japonesita que intenta salvarse comprando el wurlitzer para el prostíbulo y acepta la violencia de Pancho para aplacar su soledad, tienen su propia culpa al no aceptar que su propia historia es el lugar sin límites.

Como decíamos al comienzo de este capítulo, El lugar sin límites es la historia de la misma historia o la historia contada por ella misma. Entonces, ella misma es el lugar ilimitado. Sólo habrá límites para quienes quieran escapar a los límites que la misma historia posee, o sea, lo ilimitado. Pues, existirán límites para los hombres, como los personajes aquí nombrados, que quieran escapar a su propia historia. El lugar de la historia es el lugar de cada uno con respecto a sí mismo. El lugar de la historia es la historia de cada uno: es en ese momento donde ella se convierte en El lugar sin límites.

Pero atendiendo al relato de la novela de José Donoso, lo ilimitado de la historia está también en la imposibilidad de los personajes por redimir la misma. Cada acción que tiene por justificación salvar su propia historia,

lleva atada a ella misma su ruina y la frustración de no haber conseguido lo que resta para la calma, la quietud o prosperidad que trae consigo como posible el devenir.

Existe un elemento que es común a ambas visiones y este es que la historia es un lugar. Primero es un lugar físico como lo es la Estación El Olivo que, al igual que el prostíbulo, comienza a languidecer y hundirse bajo las hojas del otoño, como una tumba, como un infierno. Pero como lugar, la historia también tiene a los personajes. Y quien mejor describe este descenso a los infiernos es la Manuela y en ella, al resto de los personajes.

La Manuela, al perder su lugar de origen, se vuelve un travesti, en una artista, que baila y canta para no morir de pena; pero que al ser llamado papá, se niega a serlo, llegando más tarde a sentir miedo de ser Manuel González Astica. La Manuela es quien desciende a los infiernos aceptando realizar la apuesta ofrecida por don Alejo a la Japonesa. El primero asemeja ser, por su magnánima bondad, un dios, pero su ilimitado poder sobre los demás lo convierte en un bárbaro, hasta ser incapaz de salvar a la Manuela de la golpiza dada por Octavio y Pancho. La Japonesa no quiere ser más una sirvienta del pueblo; ella quiere ser propietaria del burdel vendiéndose a la apuesta ya mencionada. Pancho Vega, quien jamás pudo romper con la dependencia hacia don Alejandro, busca redimirse con las caricias de la Manuela, huye a Talca, queriendo olvidarse de todo sin redimir nada. Así, los personajes quedan abandonados a su propio devenir, buscando una nueva posibilidad de redimir su historia, su lugar, su identidad que va poco a poco sumergiéndose en el más ilimitado de los infiernos.

Así, la Japonesita, al final del relato, termina por cerrar la última puerta, poniéndole una tranca, como diciendo que de El lugar sin límites es imposible salir. Apagando la última vela, el último chonchón del burdel, entra a su pieza para meterse a la cama, sin encender una vela, para quedar en completa oscuridad, como la oscuridad del mismo pueblo sepultado por los arbustos y hojas del otoño.

El lugar sin límites es el lugar infernal: será el infierno quien redima la historia que tiene de suyo, existir como si no hubiese redención o ser redimida; ser el lugar que cada uno es y no es, en donde nuestra existencia desdobla su identidad para poder ser.

4. A modo de colofón

Para finalizar, creo pertinente la invitación a la lectura. A otra lectura y a otros límites desde José Donoso. Leer a cada uno de los personajes de El lugar sin límites es iniciarse a leerse, pues leer es leerse. Pero, leerse en la medida que la misma existencia, se vuelva inacabada. Inacabada en la medida que la existencia se vuelva una fuga musical, para nombrar o escribir esa identidad que falta.

No es lo que nos falta de ser, es lo que simplemente está en la lectura, desde la alegoría. Es el personaje que nace al leer otros personajes, que se avecina como el puente entre lo propio y la historia. Es el personaje que desenmascara la tensión entre las ruinas y el progreso. Tal como se muestra el ángel, en la pintura de Paul Klee, nos situamos en la misma caída. Pero mientras caemos, una nueva voz se construye y se forma, en tanto toda una historia, toda una cultura y todas las existencias puedan caber en ella.

Más allá de una verdad determinada, la literatura de José Donoso en El lugar sin límites, nos obliga al devenir, como delirio. Danzar, cantar, seducir como la Manuela es comprender el ritmo de la historia, como delirio. Mientras más renuncia a sí mismo, más descubre su propiedad y la historia que se debate entre ruinas y y progreso de caídas.

Bibliografía

• Sobre alegoría:

Adorno, Theodor. Sobre Walter Benjamin. Trad. Carlos Fortea. Madrid: Cátedra, 1995. [ Links ]

Adorno, Theodor. Dialéctica Negativa. Trad. José María Ripalda. Madrid: Taurus, 1975. [ Links ]

Benjamin, Walter. El origen del drama barroco alemán. Trad. José Muñoz Millanes. Madrid: Taurus, 1990. [ Links ]

Benjamin, Walter. La dialéctica en suspenso. Fragmentos sobre la Historia. Trad. Pablo Oyarzún. Santiago: Lom, 1999. [ Links ]

Blanchot, Maurice. El paso (no) más allá. Trad. Cristina Peretti. Barcelona: Paidós, 1994. [ Links ]

Eagleton, Terry. Walter Benjamin o hacia una crítica revolucionaria. Trad. Julia García. Madrid: Cátedra, 1998. [ Links ]

Gadamer, Hans-George. La actualidad de lo bello. Trad. Antonio Gómez Ramos. Barcelona: Paidós, 1991. [ Links ]

• Sobre José Donoso:

Achugar, Hugo. Ideología y estructuras narrativas en José Donoso (1950-1970).Links ] Caracas: Centro de estudios Rómulo Gallegos, 1979. [

Cerda, Carlos. Donoso sin límites. Santiago: Lom, 1997. [ Links ]

Donoso, José. El lugar sin límites. Santiago: Alfaguara, 1997. [ Links ]


sábado 5 de septiembre de 2009

EL PUNTO DE HABLADA Y LAS FUENTES NUTRICIAS DEL RELATO DE "EL OBSCENO PAJARO DE LA NOCHE"


EL PUNTO DE HABLADA Y LAS FUENTES NUTRICIAS DEL RELATO DE "EL OBSCENO PAJARO DE LA NOCHE"

por Sergio Pereira Poza

El mundo de El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso, aparece condicionado por una verdad que tiene su asiento en la conciencia del personaje-narrador. El Mudito representa la narración misma desde la cual todo emerge y todo se refracta. Nada existe fuera de las imágenes interiores modeladas por esta voluntad creadora. La novela es la concreción de una gran idea obsesiva que se sumerge en lo sórdido, allí donde grazna el obsceno pájaro de la noche y donde se encuentran las raíces que alimentan la mugre, lo inútil, lo caduco. Es un esfuerzo titánico por sacar a la superficie lo que transforma la realidad establecida en una pesadilla de secretos y repugnantes signos.
La novela es un permanente juego dialéctico entre el orden convencional y el oscuro reverso del mundo. Este último niega la unicidad de las cosas con el propósito de demostrar que lo uno y lo otro es lo mismo. El bien y el mal, la belleza y la fealdad, el patrón y el sirviente no son distintos sino más bien realidades vistas a diferente nivel: uno, superficial; otro, inconsciente.
Esta inmersión en el reverso de las cosas tiene su punto de expresión en la mente del hombre que, en lo profundo de su siquis, conoce de su vida, pero lo rehuye, aislándose en un orden acomodaticio. El obsceno pájaro de la noche explicita esta verdad oculta a través de su personaje-narrador. El Mudito aprendió a moverse en ese punto de las tinieblas.
La novela es el símbolo de la destrucción del "mito horrible" de la unidad del ser humano; con ello, se destruye un modo de vida, un esquema de conductas y comportamientos que obliga al sujeto a empezar de nuevo, internándose en ese espeso y neblinoso bosque donde se anida el obsceno pájaro de la noche de que habla Henry James en el epígrafe del libro.
El Mudito se sitúa, entonces, en el centro del universo narrativo, universo disgregado, segmentado, desarticulado, reflejo fiel de la disgregación, segmentación y desarticulación de su propia conciencia.
Este hecho nos parece de particular relevancia por cuanto el mundo representado obedece sólo a una voluntad instauradora con su sello inconfundible que transforma a los seres ficticios en personajes tributarios.
La conciencia de su no unidad como individuo teñirá de imágenes obsesivas su universo mental, temiendo siempre ser destituido, sintiendo terror por la abyección, por la no existencia, por la destrucción física y espiritual. Su relato traducirá esos terrores, distorsionando los acontecimientos, adulterando los datos, adecuando las leyendas y los mitos, enajenándose una y otra vez, comouna manera de resistir los apremios externos. El Mudito será -parafraseando lo dicho por Donoso- "una persona y será treinta y no será ni una persona ni treinta".(1)

EL PUNTO DE HABLADA DEL NARRADOR PROTAGONISTA

El control de la narración descansa exclusivamente en una voz que corresponde a la del Mudito, creador y propulsor de toda la historia. Las frecuentes alusiones a circunstancias, momentos o personajes ajenos a él corresponden a fabulaciones y recreaciones que tienen su asiento en esta voz. El discurso del narrador se desplaza por zonas que, al final, resultan convergentes, puesto que hay en su relato una serie de elementos que son verdaderos hitos de una historia que no se despliega ni en el espacio ni en el tiempo, sino que permanece fija en una de las circunvoluciones de su mente. La presencia de la nana bruja o del mito del imbunche adquirirá forma y sentido en situaciones distintas y lejanas de aquellos momentos evocados, aunque filialmente no serán otra cosa que el trasunto de aquéllos. Es el caso de la Peta Ponce, la perra amarilla, la Casa de la Chimba o La Rinconada.
Esta es una historia cíclica que gira en torno de su propio eje narrativo. La imagen entregada es la suma de vivencias acumuladas por el narrador a lo largo de su vida y que se plasman en el contexto de la historia.
La novela toda es la expresión de este afán instaurador del Mudito que levanta y destruye a la vez realidades escastilladas en narraciones que se superponen o se intereliminan, en virtud de un permanente juego de yuxtaposiciones o disyunciones. El narrador aparece como un creador de mundo, potenciado por la intención constructiva e imaginativa de su discurso.
Un punto de incursión que, a nuestro juicio, resulta clave para fiscalizar el sector desde el cual el narrador construye su historia es aquél que se relaciona con la configuración de un interlocutor. Ese momento ocurre cuando el Mudito incorpora como receptor de su confesión a la Madre Benita, personaje presente y mediatizado por las palabras del narrador. Si bien la imagen de la Madre Benita aparece superpuesta en varios fragmentos narrativos de la obra, ello no pertenece a momentos distintos del relato sino que son indicios lingüisticos que nos remiten apostróficamente a un interlocutor que participa en forma ficticia en los diversos niveles de la confesión.
Este momento específico y todos los demás tienen su origen en esta confesión que no es tal en el sentido estricto, ya que el hablante carece de voz. Sin embargo, la confesión existe dentro de un ámbito que no excede las fronteras de la mente del narrador.
A partir del capítulo noveno, los personajes, los relatos y los momentos contados, anticipados o entrevistas en el contexto narrativo, son retomados en esta confesión, ya para perfeccionarlos, relacionarlos u organizarlos narrativamente. El caso más interesante se refiere a la existencia de Jerónimo de Azcoitía. Su nombre y su figura ha gravitado en el universo novelesco sin que todavía asumiera la calidad de personaje representado. Bastará que el poder fabulador de la mente enferma del Mudito lo vincule con determinadas circunstancias de su vida anterior para que confiera a Jerónimo el derecho a existir como personaje tributario.
La confesión del Mudito pertenece a un momento de aguda crisis, lo que convierte su relato en un discurso alucinado en el que realidad y ficción conforman una nueva dimensión del mundo y cuya impronta más característica será la de una existencia mutante y mudable. La propia voz del narrador se desdoblará en tantas identidades como sean las compulsiones síquicas que lo presionen. El Mudito será también la séptima vieja, Boy, Jerónimo, la cabeza de cartón piedra. La imagen laberíntica de la Rinconada se conectará a través de sus espacios tortuosos con los de la Casa de la Chimba. Inés será Iris; Iris, Inés. Es un juego que parece no tener fin, a lo menos, hasta que la mente enferma del Mudito, generadora de realidad, no determine otra cosa.
Es esta conciencia afiebrada la base de donde arranca la historia de El obsceno pájaro de la noche. Su punto de hablada está situado en el interior de este mundo caótico que es la realidad síquica del narrador. Toda su visión está estructurada en función de estos hechos particulares, aunque de honda y decisiva influencia en la manera de captar el mundo. La historia se va entretejiendo por medio de estos hechos que toman formas e identidades distintas, según sea la información que el hablante pretende entregar; unas veces será a través de su propia voz durante las conversaciones captadas de las sirvientas de la Casa de la Chimba o de los habitantes de la Rinconada; otras, transportándose él mismo a espacios materiales a los cuales sólo accede por medio de alucinaciones. En medio de este marasmo, aparentemente desarticulado, subsiste, sin embargo, esta voz interior a quien se debe la configuración arbitraria de la realidad, y que responde a la intervención de una serie de motivaciones que alimentan la retorcida imaginería del Mudito.
Dentro de estas motivaciones, destacan e forma esencial la infancia de Humberto Peñaloza, con todo el espectro de esperanzas frustradas, y la presencia subyacente de la conseja maulina y del mito chilote del imbunche.
Estos tres factores son los que, a nuestro entender, configuran la visión de mundo del narrador, apareciendo el primero como el soporte vivencial de la historia, en tanto que los dos restantes son meros activadores de un complejo aparato de imaginería. Se vale de estos elementos míticos por ser mecanismos que se prestan para la venganza, la destrucción y el autoaniquilamiento.

LA INFANCIA DE HUMBERTO Y EL TRASFONDO MITICO DE SU EVOCACION

El relato del Mudito emerge de la circunstancia frustrante que rodeó su infancia. Consciente de su inferioridad y de una existencia sin horizontes, su alma fue incubando resentimiento que se intensificó en la misma medida en que sus esfuerzos y anhelos del padre se fueron estrellando con la dura realidad práctica. Nada puede impulsarlo a superar la insignificancia de su origen que se remonta, inclusive, a la propia tradición familiar. Buscaba con desesperación ser alguien, sustituir la ridiculez de su apellido Peñaloza por un rostro definido, luminoso, sonriente, que nadie pudiera dejar de admirar. Era la meta que su padre, sin exigírselo, le había puesto ante sus ojos, porque la ordinariez de su apellido lo obligaría siempre a vivir como encerrado en la "prisión del apellido plebeyo". Era ésa la única posibilidad que lo pondría a cubierto de la anonimia. Humberto seguía atentamente lo que su padre, en su entusiasmo liberador, le informaba de lo que decían los diarios de esas personas importantes.
En la fantasiosa conciencia paterna había una gran dosis de optimismo idealizante que lo inducía a atribuirles virtudes que Peñaloza, ya adulto, descubrió que no eran más que fabulaciones. El, por su parte, aprendió a contemplar desde lejos la grandeza olímpica que irradiaba el hombre importante, ya sea a través del paso de los coches rumbo al parque o a través de los paseos matinales por las principales arterias de la ciudad.
Sentía nostalgia por el porte, la dignidad y la elegancia de ellos, atributos que jamás él pudo tener. Por esa razón, el aprendizaje a que fue sometido en su infancia no tuvo más herencia que la de despertar en su interior un doloroso sentimiento de nostalgia frente a lo inasible. Y esa posibilidad de vencer lo inalcanzable se ofrece a Humberto al seguir la mirada del padre hacia "un hombre, alto, fornido, pero gracioso, de cabello muy rubio, de mirada airosa por algo que yo interpreté como un elegante desdén, vestido como jamás soñé que ningún hombre osara vestir...". De esa visión y de ese contacto -al pasar Jerónimo por su lado uno de sus guantes roza suavemente su brazo- se abre en su espíritu un boquerón de hambre que no cicatrizará jamás.
La modalidad narrativa usada en este fragmento refleja ciertas características que permiten aquilatar la importancia que se adjudica a este trozo de su vida anterior con el contexto de la novela . El episodio está contado desde la perspectiva del recuerdo y aparece despojado de la ambigüedad y el retorcimiento con que están trabajados otros momentos del libro.
La manipulación del contraste, como mecanismo narrativo primordial, es la señal más clara de la dislocación que, como imagen, entrega el mundo representado. Es importante subrayar, en primer término, que la revivificación del pasado en su correspondencia con el presente puntual, desde donde presuntivamente se genera la confesión del Mudito, está marcado por la presencia significativa de la primavera y del invierno. La experiencia infantil de Humberto está evocada en primavera, con toda la carga de anhelos y esperanzas que esto supone. "Pero era primavera", dice el narrador, contrastándola con la pobreza de su padre; en cambio, la confesión misma está enmarcada por la visión de una "noche lluviosa".
Donde el contraste alcanza su auténtica y cabal manifestación narrativa es en el empleo reiterativo de la antítesis que, bajo la forma de paralelismo, desnuda la realidad del incidente, restituyendo los términos al nivel vano y esperpéntico que la imaginación efusiva del padre elevaba al plano de la idea fantástica. Leemos en varios fragmentos del discurso realidades contrastadas que ponen de manifiesto la raíz del conflicto de Humberto, cuyas connotaciones y ramificaciones veremos cristalizadas en el mundo alucinado que creará su mente enajenada.

LA CONSEJA MAULINA

El segundo elemento conformador de mundo lo constituye la conseja maulina de la niña bruja y su nana. Su función radica en la potencialidad de destrucción que envuelve y el ámbito de ambigüedad en que la historia se desarrolla. Esto permite al narrador armar un sistema de sustituciones que encajará perfectamente en ese laberinto de ficciones mutantes que es su imaginación y con la "esperanza de influir mágicamente sobre la realidad y reducirla a un modelo en que al final pueda ser alguien, jugar la máscara de la omnipotencia, crear y destruir a voluntad". (2)
La acción que ejerce el contenido de la conseja es decisiva en la configuración de las imágenes incubadas en la mente del narrador. Paralelísticamente, la confesión va dando forma a las principales circunstancias de la historia de la conseja, pero con otras identidades y en otras dimensiones.
El nudo central de la conseja es el hechizo que se ejerce sobre la niña por su nana bruja. La imagen y momentos anotados tendrán diversas representaciones a lo largo de la novela, más que nada por el complejo juego de correspondencias que el narrador establece en su discurso.
Del mismo modo, las especulaciones que se tejan en torno de las presuntas correrías de la nana y su protegida por los campos maulinos bajo la forma de una perra amarilla y de un chonchón con cara de niña, irán encontrando su expresión una y mil veces en la narración.
El descubrimiento del hechizo sólo lo hará el padre de la niña, quien escamoteará los detalles más íntimos de la revelación al resto de los moradores de la casa. El hecho de que sólo el padre tuviera acceso al cuarto de su hija y oscureciera la verdad mediante su poncho desplegado, está mostrando la capacidad del hombre para violentar los términos habituales de las cosas, adecuándolos a su propia realidad. Es un poder que el narrador no desperdiciará, puesto que en él está implicito el sentido de la distorsión y el aniquilamiento.
Este afán de escamotear la realidad no buscaba otro efecto que el de desviar la atención de los testigos hacia el ser más indefenso de los dos, es decir, hacia la nana bruja. Esta circunstancia conmoverá profundamente al narrador, acentuando su resentimiento por los seres luminosos.
El factor de la venganza condicionada surgirá de la historia del Mudito como una arma de destrucción, dirigida ahora, como contrapartida, hacia quienes han constituido por siempre el símbolo del poder. Gracias a ese poder, el castigo se dirige a un personaje sin importancia: la nana.
El fragmento enmarcado de la conseja reúne el material básico de las fabulaciones del Mudito. Su proclividad a retorcer las cosas lo llevará a repetir y sustituir los términos esenciales de la historia, recogiendo para sí todos aquellos detalles que le permitan urdir fantasiosamente el efecto y resonancias de su venganza.

EL MITO CHILOTE

El mito del imbunche aparece entretejido con la leyenda maulina. Surge como parte de la conversación de los campesinos que vigilan el cuerpo de la nana bruja que es llevada por el río hacia el mar. El imbunche es caracterizado por el alcance de rito de hechicería que tiene. Se dice en el relato que se rapta a una niña de corta edad "para coserle los nueve orificios del cuerpo y transformarla en imbunche, porque para eso, para transformarlos en imbunches, se roban las brujas a las pobres inocentes y las guardan en sus salamancas debajo de la tierra, con los ojos cosidos, el sexo cosido, el culo cosido, la boca, las narices, los oídos, todo cosido...". (pág. 41)
La imagen del imbunche es otro de los artificios de que se valdrá el Mudito para edificar sus ficciones. La intencionalidad destructiva del narrador queda de manifiesto desde el momento que narrativamente tiende los hilos para conectar dos leyendas, geográfica y semánticamente distintas, que le servirán de marco de referencia para orientar el curso de sus confesiones.
El imbunche envuelve, por un lado, la idea del encierro, de la minimización progresiva y de la sustitución, transformando el mundo en un espacio cerrado que cada vez se va reduciendo más. Por el otro, es la materialización del poder oculto que transfiere a los desposeídos lo que atávicamente jamás han tenido, convirtiéndolos en dominadores.
La interdependencia que se advierte de estos momentos narrativos que aluden a una subyacencia mítica clarifica su función dentro del contexto total de la novela desde el moemnto que es la fuente de donde la infancia de Humberto proyectará su imagen revestida de un nuevo poder que se objetivará en sus evocaciones.



notas:

1). Emir Rodríguez Monegal: La novela como happening, pág. 16

2). Hernán Vidal : José Donoso: surrealismo y rebelión de los instintos, pág. 182.




martes 4 de agosto de 2009

Alone Comenta "Coronación"


Alone Comenta "Coronación"
("El Mercurio", 19 de enero de 1958)


Esta novela confirma una vez más la tesis de que, entre una buena novela y una mala, sólo hay una pequeña diferencia: los detalles. Cualquiera, con un poco de paciencia, puede armar una intriga que tenga principio, medio y fin. Don Alberto Edwards decía que a los chilenos les faltaba eso: la paciencia. Todos los argumentos son aproximadamente parecidos y alguien ha reducido a treinta y seis las situaciones dramáticas. Basta suponer un amor, no importa cuál, contrariado por las circunstancias, un hombre que ama a una mujer o viceversa, y contar sus venturas, aventuras y desventuras, para que los lectores empiecen a interesarse.

La cuestión es que sigan interesándose, que encuentren real la cosa y deseen averiguar su desenlace.

Ahí entra a operar el misterioso detalle.

Sintetizándola a grandes rasgos, ¿qué encierra Coronación? La historia de una vieja, muy vieja señora, medio moribunda, la de su nieto, un abúlico, mezclada a la de varias sirvientes, viejas como ella, aunque no tanto, o jóvenes. Nada más.

Como si quisiera, justamente desafiar el concepto de "novelesco" unido al de acciones extraordinarias y personajes poco verosímiles, José Donoso plantea su relato de la manera siguiente:

"Rosario mantuvo la puerta de par en par, mientras el muchacho apoyaba la bicicleta en los peldaños que subían desde el jardín hasta la cocina, y lo dejó entrar con el canasto repleto de tarros, paquetes de tallarines, verduras y botellas".

Parece verdaderamente difícil que el drama penetre en una mansión junto con esos modestísimos objetos de necesidad culinaria, por la puerta de servicio, un día entre los días, sin la menor solemnidad.

¡Y sin embargo!

Cuando uno ha terminado la lectura, y vuelve atrás y relee ese pasaje meditando esa frase inicial, ¡cuán cargada resulta de simbolismo y qué siniestros parecen el repartidor del almacén, su común bicicleta y hasta los paquetes de menestras!

Pero ni siquiera es preciso esperar tanto. Si el arte de decir consiste en decir más de lo que se dice, sin usar palabras raras ni acudir a giros estrambóticos, debemos confesar que José Donoso ha recibido y posee ese don, escaso entre los escasos, pues, sin proponérselo aparentemente, sin dar la cara ni descubrir intenciones, sabe realzar de modo imperceptible los más ordinarios menesteres e infundir su alma a las cosas materiales.

Su novela comienza por la cocina y con la cocinera. No hay que sonreír de la escena ni burlarse del escenario. Tampoco es preciso considerarlos un refinado artificio o el obedecimiento a determinada escuela. La verdad es que empieza así, porque así debía empezar. Y no hay más razones.

Lo mismo la descripción de la casa y de la dueña de casa.

Señora rica, con hijos y con nietos, dotada de vasta parentela, viuda de un político y magistrado ilustre, cometió la heroína el error, cada día más frecuente, de vivir demasiado. Excedió cierto prudente límite y la organización entera de la familia sufría las consecuencias. Muertos unos, casados o ausentes otros, cada vez menos próximos y fieles los amigos, la venerable anciana, la respetable matrona, un tiempo celebrada por su belleza, su elegancia, su distinción, perdió, primero, su frescura, luego su madurez, por último la armazón de su inteligencia y hasta los restos de equilibrio mental, sin que pudiera llamársela rematadamente loca y recluirla, como mueble inútil. Todavía pensaba y, sueltos los muelles y los frenos de la educación, liberada de las conveniencias sociales y familiares, la señora se puso a hablar.

El caso no dejará de producir escalofrío a quienes ambicionan, como suprema bendición, una larga existencia.

La mujer, la señora de sociedad, la madre de un hogar opulento, fecundo, o no, constituye entre nosotros algo como un fetiche y ha sido un acierto de José Donoso el colocarla al centro de su obra, imagen representativa y eje superior en torno al cual gira el resto. Joaquín Edwards llama a eso el matriarcado chileno. Y tal vez, efectivamente, traiga su origen de milenarias supersticiones, de acatamientos ancestrales, tanto impera de alto abajo de todas las clases y se ha materializado religiosamente en el culto a la virgen, diosa que se levanta, incluso, por encima de Dios.

Frente a frente de la señora, un poco más abajo, figura Andrés, su nieto.

Si la abuela encarna la decrepitud de una clase anquilosada, el nieto significa su decadencia por el ocio, por la falta de necesidad de trabajar, por la frivolidad dentro de la cultura y aun del refinamiento, que todo eso se junta en Andrés, pero sin nervio, sin ilusiones, sin vocación ni fe. Le teme a la muerte, porque ama desesperadamente la vida. ¿Para qué? Para ir al club, para leer revistas, ara charlar con los amigos y preocuparse de naderías, como coleccionar bastones, no muchos, diez solamente, pero todos, piezas raras e inencontrables. No se ha casado, no ha tenido un amor entre sus amoríos, no se ha resuelto a entregarse con plenitud a nada, y, en el límite de la vejez, único pariente que visita a la abuela, concluye por confiar en ésta la razón de su vida, deseándosela a veces, otras clamando por su muerte, eterno vacilante y juguete sobre la ola.

Puro esqueleto, puro cementerio y muertos o ánimas en pena serían los personajes de Coronación si no existieran dos sirvientes antiguas, la sobrina de una de ellas, una muchacha, el amante de ésta, un muchacho, y el hermano y la mujer del hermano del muchacho.

Ahí está la vida: es el pueblo. También están la tragedia y la muerte.

Porque la obra de Donoso no es "literatura comprometida" o tendenciosa, ni un alegato por o contra, ni una colección de cuadros con vistas a determinada conclusión. Es una pintura, un retrato, una serie de escenas y una sucesión de diálogos entrelazados de los que pueden fluir y fluyen multitud de enseñanzas, a menudo terribles, que contienen caos espantosos, y también patéticos, sin que falten la comicidad y la poesía; pero todos contemplados desde una altura convincente, tal como los presenta la vida a los que saben mirarla, más allá de los dogmas, al margen de las creencias.

Las páginas más humanas y dolorosas del libro son, justamente, las dudas y las interrogaciones que asaltan a Andrés cuando analiza su propia existencia y, solo o en compañía de un amigo, se mira, se medita y se desprecia, maldiciendo la nada del destino y el absurdo de una conciencia que nos permite ver esa nada sin ponerle remedio.

Hay, sin duda, una filosofía o una falta de filosofía; lo mismo da. En el fondo de la obra hay una actitud ante los misterios del mundo, el alma, el más allá, la creación, el inexplicable cosmos de dónde venimos y adónde nos encaminamos. Ninguna novela digna de tal nombre podría carecer de esa médula, y Coronación desmiente el que en las obras de autores chilenos, como alguien ha dicho, se hallen ausentes todos los grandes problemas vitales y que su órbita gire aplastadoramente en la mediocridad intelectual.

Si. Pero ¿es eso lo esencial, artística y aun humanamente?

Para nosotros, poca cosa sería o casi nada sin el aditamento que señalábamos: la viveza de los detalles, la originalidad de las percepciones, lo nuevo de las imágenes y su naturalidad, su hondura, su gracia, su encanto, en suma, su poesía, tierna a veces, otras humorística, generalmente trágica, siempre palpitante y en tensión.

Esta tensión, por momentos, llega a fatigar. No se detiene, no se relaja, no conoce remansos ni caídas. Siempre la cuerda viva, el anhelo ansioso, la incógnita pendiente. Y eso dentro de la descripción más prolija y minuciosamente detallada de la realidad, los gestos, las palabras, las acciones y reacciones. José Donoso se interna en el espíritu de sus personajes y logra expresar con punzante acierto sus móviles íntimos, sigue el proceso de sus impulsos como si estuviera viéndolos y desciende hasta el matiz imperceptible con una certeza de vidente.

En esto difiere de los novelistas nacionales y sobrepasa a los más altos, increíblemente. Los autores chilenos, por instinto, tal vez, por prudencia, rehúyen el análisis interior, esquivan las escenas críticas, los momentos culminantes y escapan por el camino de la alusión, saltándose el peligro. Hay libros famosos compuestos de puras evasiones y en que lo esencial nunca está afrontado. Donoso procede al revés: se lanza de lleno, está siempre en la línea del máximo peligro, hace hablar y actuar ante nuestros ojos a su gente hasta convencernos e imponerlas.

Desde el padre y maestro Blest Gana, muchos podrían hombreársele o lo superan por la invención, la facundia, el estilo y varias cualidades, ninguno por ese don visionario, esa penetración psicológica intuitiva que Encina llama, en su lenguaje, la "sensibilidad cerebral". Viejos o jóvenes, hombres o mujeres, pertenezcan a la alta sociedad o al pueblo, cada uno de sus tipos vive, auténticamente, y habla a su manera propia un idioma reconocible, que hemos escuchado y reconocemos.

Esta condición, aun en la prosa seca de una Stendhal o un Constant, bastaría para animar una obra e imprimirle sello.

Añádase el hallazgo constante, habitual, de expresiones creadas, pintorescas, fáciles y raras, sin rastro de búsqueda, que saltan espontáneamente en el relato. Por ejemplo, el gesto de la criada, pág. 18: "sonriendo hasta que sus ojillos quedaron convertidos en dos puntitos de satisfacción detrás de los lentes, que resbalaban por su exigua naríz". O el cambio tan tenue, tan bien dicho, de la joven campesina cuando el patrón santiaguino, después de varias cortesías, le dice la cifra de su sueldo: "las facciones de la muchacha no se alteraron, pero en alguna parte de ese rostro hermético había ahora una sonrisa" (pág. 19). O bien esa primavera (pág. 20) que Andrés "recordaba como una de las más dadivosas. Parecía posible palpar la luz que caía sobre el césped en racimos verdes a través de los tilos y las acacias". ¿Y la cara blanca, sobrecogedora, de la nonagenaria asomada al balcón "que miraba la luz, que miraba el aire"? (pág. 29). O esta miniatura rústica, impensada, que condensa un idilio y lo vuelve sensible: "Oye, ¿tú lo querías al René, no es cierto?" -pregunta el cuñado a su cuñada, víctima de feroces palizas del marido.

"La Dora se puso de pie. Se dirigió al anafe para revolver la sopa. Después, en silencio, peló una cebolla. Iba tirando las cáscaras de las papas. Sólo cuando tapó la comida respondió:
-Claro.
"Los juegos de los chiquillos, afuera, cesaron. Salió un tropel bullicioso a la calle, el perro ladrando detrás, ladrando, ladrando, ladrando, hasta que el ruido y los ladridos se perdieron en la distancia. Entonces todo quedó en silencio.
-Claro -repitió la Dora, en voz más baja".

Véase el efecto cómico que, a la página siguiente, estalla entre los mismos dos personajes al desencadenarse la charla de Dora.

Seguiríamos citando otros pasajes si su acumulación no los desfigurara, al presentar el libro como un repertorio de hallazgos que, así expuestos, pierden su valor espontáneo. O sea, casi todo su valor.

Creada de un solo impulso, con sabia coherencia, Coronación forma un cuerpo en que la unidad va integrándose a través de la variedad, en alternación continua, que impide el cansancio y en que unas impresiones se refurzan con otras. El contrapunto muy fino impide el desglosamiento y hace difícil analizarla, porque un espectáculo exige el espectáculo anterior y conduce de manera necesaria al espectáculo siguiente, formando cadena viva que no se puede interrumpir.

Como técnica y lógica estética, conocemos pocos libros tan armoniosamente construidos, no sólo en nuestra literatura.

Para tomar un punto de vista chileno, el más alto, Hijo de Ladrón podría hacerle competencia; pero aunque más vasta y con capítulos extraordinarios por su corriente profunda y sostenida, la novela de Rojas no ofrece la misma composición magistral ni esos dos planos de clases sociales que vuelve fascinadora la obra de Donoso. Tampoco su "tensión" perpetua, sin resquicio ni abandono, esa plenitud que procede y se desarrolla como jugando, que saborea la vida y siente su amargura, que toca las cosas mínimas y no pierde de vista las mayores.

Le armarán querella por las groserías de lenguaje y las crudezas francas hasta la brutalidad. No es, evidentemente, libro para señoras. El bisturí penetra las carnes hasta dentro, seguido del termo-cauterio. ¿Observaremos que, pese a todo, nunca desciende de calidad ni se complace en la indecencia? Respetamos los estómagos delicados y el paladar sensible que rehúsan semejantes brevajes; pero como en cierto capítulo doméstico uno de los personajes pide "un trago para hombres", convendría advertir que esta lectura no es "recomendable para menores".

Aun, en el sentido moral, social, nacional, no es recomendable para nadie. La amargura, la acidez, el nihilismo, la desesperación la impregnan hasta los tuétanos. Ninguna fe en nada. Ni en el amor, ni en la belleza, ni en la familia, ni en la religión, ni en la filosofía, ni en la ciencia. La enorme vieja moribunda extiende por todo su esqueleto mortal y va, poco a poco, disecándolo, disolviéndolo y enloqueciéndolo. Ella sabe y ve, porque está loca, porque el mundo es una creación de locos y solamente la locura lo entiende. Los insultos, los feroces insultos que la nonagenaria demente lanza a su nieto, a su criada, a sus antiguas servidoras, a cuantos se le aproximan, acaban por convertirse en realidades, corrompen alrededor el aire y la pobre muchachita, llegada del campo inocente, roba y se entrega; el nieto abúlico, apegado a la terrible abuela, termina por enloquecer, y hasta esos pilares domésticos, esas divinidades ancilares, esas instituciones gigantescas, las criadas antiguas, terminan por emborracharse cuando, para celebrar la fiesta de su ama, desierta la casa de visitantes que no acudieron, la coronan, porque era reina y era santa, danzan en su presencia y se quedan dormidas, mientras la anciana, a quien le dieron unos traguitos para animarla, desfallece completamente y llega sin saberlo a la hora de su muerte.

¿Obra de muerte, montón de ceniza, apología o réquiem de un cadáver? Tal vez.

En realidad, si el hombre obedeciera a la lógica, al cerrar la última página de este libro debiera abrir la ventana de su piso vigésimo cuarto y "precipitarse en el vacío". Pero escrito está -y Donoso lo prueba con poderoso argumento- que somos irracionales, que la locura nos lleva, que no entendemos de palabras y, en vez de tomar esa resolución, viendo desde lo alto de una especie de torre, el espectáculo oceánico del río, y el bosque de los gigantes iluminados en la nieve, rojos e increíbles, con millares y millares de ojos de fuego, experimentamos un sentimiento completamente maravilloso y nos parece que vale la pena haber nacido y existir, no sólo para ver el desfile de las naves encendidas, entrando y saliendo, venidas desde todos los puntos de la tierra, sino también, ya saciados de tal contemplación, reabrir las páginas del volumen y volver a admirar su demostración de que nada vale nada, de que todo es miseria y aflicción de espíritu y que lo mejor sería morir para, definitivamente, descansar.


("El Mercurio", 19 de enero de 1958)


viernes 24 de julio de 2009

Grandes Autores Continentales: José Donoso


Se suele decir que Chile es tierra de poetas, no podemos negar la fecundidad de la lírica en nuestras fronteras, sin embargo nombres como Manuel Rojas y Juan Emar durante la vanguardia; José Donoso como representante y biógrafo del boom y aen los últimos años Diamela Eltit como una de las propuestas más interesantes y postmodernas de la nueva narrativa latinoamericana, permiten afirmar que en la prosa despuntamos y por tanto, es justo hacer mención a tales figuras y no reducir las perspectivas de nuestras letras a un mero género.

En esta ocasión, quiero dedicarme a José Donoso (Chileno 1924-1996), quien fue y pese a que ya no nos acompaña materialmente, seguirá siendo uno de los más interesantes e influyentes nombres de la novela en Chile y porque no decirlo en Latinoamérica.

Solemos enmarcar al boom en límites seguros: La Casa Verde, Cien Años de Soledad y Rayuela, pero qué hay del cubano Cabrera Infante, el mexicano Carlos Fuentes y desde luego nuestro compatriota, El escribidor intruso. Su opera magna, El Obsceno Pajaro de la noche, es una novela monumental, laberíntica y coral como el mismo la definió. Con ella nos invita a destrozar esos marcos determinantes y preconcebidos. Nos dispone con majestuosidad, ante un retrato cruel y a la vez sublime de nuestra identidad social y humana.

Existencias fragmentadas, miradas vigilantes que quiebran la individualidad que lucha por encontrarse y que muta en cada atmósfera plagada por la alteridad. El poder, las obsesiones, los miedos, la frustración. Es una novela mundo como Balzac proponía pero en términos más exóticos que los del francés. Donoso aquí no presenta estereotipos o figuras humanas definidas por sus labores o mera posición social, sino psicologías; patologías que revelan mucho del chileno, del patrón de fundo o el pretencioso que se jacta de su apellido o se oculta tras las apariencias. Conocemos al huérfano, al periférico, el fiel empleado y los linajes bastardos que se escamotean.

Es muy fácil perderse y encontrarse en las páginas de esta obra, sus quinientas hojas son tan barrocas y manieristas como la mente de su autor y los pasadizos de La Casa de la Encarnación de la Chimba, escenario en el cual transcurre mayoritariamente esta pieza. En ella confluye la experiencia vital del autor, el camino que previamente trazo con El lugar sin límites, Coronación y Este Domingo. Sus fantasmas, los vasos que comunican al lumpen con la burguesía a través de los sirvientes pero ricamente matizado con elementos de la mitología y génesis. En tal medida, cómo olvidar la rinconada y su población de gigantes hidrocefálicos, mujeres obesas y enanas empratrices. Donoso desafía los cánones, el intelecto y esquema estético del lector.

En sus manos, las alegorías de la verticalidad tiránica bullen y la sexualidad y su variantes, nos permiten cuestionar el problema de los roles, ¿Qué es femenino y masculino? Cómo se producen las desviaciones y la violenta misoginia, el homoerotismo, la ambigüedad y anulación del cuerpo. Las imágenes en definitiva se tornan en pesadillas bellas y sueños desastrosos o de mala muerte como el prefería llamarlos. Esa suma hace germinar una cosmogonía de criaturas aberrantes y nuevos mitos que replantean el ideario inconsciente y los símbolos de nuestro pasado que definirán las sendas del futuro.

Y como hombre, qué podemos decir. Donoso no negó jamás su condición de burgués. Muchos lo criticaran por eso, hiriéndolo desde el partidismo o la voz comprometida. Similares críticas recibieron Unamuno y los noventa y ochistas. Como en el caso de los españoles, su compromiso fue siempre con la literatura, su arma y portento. Y en lo relativo a su posición privilegiada, creo que hay que indagar mejor en su biografía y ver como trazó su camino de forma personal y consciente, basado en su trabajo y no en el apellido y tradición. El cual aprovecho, pero en un sentido opuesto. Él fue el primero en hurgar los trapos sucios y mitos en torno a su casta. En Coronación, Casa de Campo y Este Domingo, abiertamente desnuda a su propia estirpe y desde ese punto, el creador no vacila en extender la tarea hacia todos a su alrededor, incluido él mismo y desde luego Chile, el continente y me atrevería a decir incluso, el mundo.

Para él, estamos en una olla bastarda en que todos nos retroalimentamos de forma mixta, dañina, bien intencionada y porque no, trágica, dando origen a inconexos discursos, identidades mutiladas, rompecabezas humanos que nos esforzamos en escindir, en categorizar y enmarcar por miedo a la vergüenza, a la mirada, al juicio y oprobio. Pero cómo alcanzar una verdad y no sufrir los reproches de nuestra consciencia, si la verdad no es esa castidad y blancura auto-impuesta, sino un caos y millones de yo contrapuestos.

Su principal viaje es entonces hacia la desnudez, el término de la represión y desambiguación en cada ámbito del cuerpo y la mente. En el intertanto seremos sólo estampillas y frustrados proyectos.

Creo que en esa medida Donoso, como sus amigos del boom lo definieron, el más literario de los literatos fue además el más comprometido, quizá no políticamente pero si social y psicológicamente con el hombre. Desde su actividad, que realizó hasta el último de sus días, jactándose de vivir en cada una de sus creaciones una aventura a ciegas de auto-descubrimiento y perdida; él paleo cualquier prejuicio e imagen y demostró ser un proyecto más de sus ficciones que nos replanteaban lo precario de la realidad.

Autor: Daniel Rojas P.


miércoles 22 de julio de 2009

Préstamos: Alejandro Zambra lee los “Poemas de un novelista” de José Donoso.


Una tarde de 1987 alguien olvidó dos libros de José Donoso en el taxi de mi tío Fidel. A ese involuntario bookcrossing debo la lectura, a los doce años, de “El jardín de al lado”, una novela bella y amarga que entonces me pareció amarga y ajena. Más que seguir la historia de Julio y Gloria me gustaba mirar a los amantes de Magritte, en la portada, que juntaban sus rostros, cuidadosamente cubiertos por sábanas blancas, o repasar, en la primera página, la tinta dispareja de un timbre azul que decía "Biblioteca British High School". Ya es tarde para devolver la novela al British High School.

Publica El Mercurio

Por Alejandro Zambra

“Poemas de un novelista”, en todo caso, el otro libro abandonado en aquel Peugeot 404, no pertenecía a ninguna biblioteca, y me interesó mucho más que El jardín de al lado. Cuando sólo conocía los naturales fragmentos de Neruda y de Gabriela Mistral —y ni siquiera había escuchado los nombres de Rimbaud o de Baudelaire—, di con los poemas de Donoso, que leí y releí con verdadero interés. No entendía nada, pero me atraía, en especial, el lenguaje seco, extraño, que aparecía de pronto: "Abrir la boca,/ decir, pedir, contar/ es cerrarse entero".

Esa sequedad era, en realidad, una forma de pudor, de reverencia: aunque Donoso había leído con atención a Pound y a Eliot, seguía concibiendo la poesía como un género autobiográfico, como una confesión más o menos camuflada en el ritmo. Habla de viajes, de museos, de recuerdos familiares, desde un lugar vacilante, problemático: es como si la poesía hubiera puesto contra la pared al narrador omnisciente, forzándolo a protagonizar la difícil comedia de la intimidad. Poemas de un novelista no es un libro de juventud, más bien al contrario, reúne, fundamentalmente, escritos de madurez que, según explica Donoso en el prólogo, nacieron "como refugio a la densidad sobrepoblada de mis novelas". También en el prólogo el autor desliza esta declaración a decir menos insólita para un libro de poesía: "No quiero ser poeta. La poesía me parece un quehacer aterradoramente serio, solitario, definitivo, esencial, y las esencias, así, escuetas e implacables, no son mi vocación". Es un poco absurdo leer los poemas de un poeta que no quiere ser poeta. Buena parte del efecto de sus versos, sin embargo, proviene, justamente, de esa negación: leemos textos que Donoso no quiso escribir, que publicó para no seguir corrigiéndolos; leemos poemas en que, salvo por algunos puntos de fuga, no hay poesía.

En la dificultad de acomodar la ficción a la autobiografía está el posible valor de los poemas de Donoso. Es injusto comparar “El lugar sin límites”, “El obsceno pájaro de la noche” o “Casa de campo” con la derrota estilística que supone Poemas de un novelista. Pero para un lector que llegó a Donoso por la puerta de servicio esta comparación se vuelve inevitable. No sé si sus poemas son mejores que los de Manuel Rojas, por ejemplo, aunque ambos narradores comparten una concepción esencialista y demasiado respetuosa de la poesía.

La biblioteca rara donde Donoso y Rojas son poetas, continúa, en reversa, en las narraciones de Huidobro y del Neruda novelista o casi novelista de “El habitante y su esperanza”, y en "Gato en el camino", el solitario cuento que Nicanor Parra publicó cuando aún no inventaba la antipoesía.

La lista suma y sigue: “El tiempo de la sospecha”, de Teófilo Cid, las desconcertantes ficciones de Rosamel del Valle, “Chumbeque”, la "nouveau román" que Gonzalo Millán escribió en los tiempos de Relación personal. En la antología Cuentistas de la universidad, de 1959, en tanto, Armando Cassigoli apuesta por los narradores del futuro: al lado de Poli Délano, Cristian Huneeus, Carlos Morand o Antonio Skármeta comparecen el cineasta Patricio Guzmán, el crítico Grínor Rojo, y dos cuentistas que más temprano que tarde abandonaron la ficción: Óscar Hahn, de quien se incluye un relato perfecto, y Jorge Teillier, autor de un cuento muy bueno y lárico a más no poder. Casi se me escapan Juan Emar, Braulio Arenas, Alfonso Alcalde y Claudio Giaconi, que no sólo escribió “La difícil juventud” sino también de “El derrumbe de Occidente”, un libro de poemas del que suelo recordar estos versos: "Lo importante no es la primera comunión/ sino la última".

Distinto es el caso de Enrique Lihn, que no era un poeta-narrador o un narrador-poeta, sino una literatura entera. Lo mismo Bolaño, cuyos poemas parecen escritos por los personajes de su obra narrativa. Milán Kundera, en El Telón, dice que los novelistas nacen "de las ruinas de su mundo lírico" y tal vez la obra de Bolaño da cuenta de ese distanciamiento. La doble militancia de Lihn y de Bolaño, en todo caso, responde a una idea mestiza de la escritura, a la necesidad de construir una posición múltiple: personal, social, política, literaria. Por el contrario, incluso en sus momentos más confesionales, Donoso se cuida de Donoso: describe, con precisión, los escenarios, los objetos, pero prefiere retratarse en grupo, en compañía de sus personajes, agazapado en un vértice de la imagen. Del mismo modo que en “El jardín de al lado” la ilusión autobiográfica es reemplazada, finalmente, por un sofisticado juego de espejos, “Poemas de un novelista” niega tanto al poeta como al novelista.

Con todo, enfrentada al lenguaje uniforme de los años ochenta, la escasa poesía de José Donoso me parecía nueva y misteriosa: "La mancha descolorida/ en la pared./ Sólo tú y yo/ sabemos cómo era esa pared/ antes de la mancha./ ¿Cómo seríamos,/ tú y yo,/ sin saber que esa mancha/ es la decoloración de una acuarela/ que no recordamos?". De seguro aquel distraído pasajero de 1987 extrañó mucho más su ejemplar de “El jardín de al lado” que el de “Poemas de un novelista”. Por suerte, como decía Enrique Lihn, nada se escurre.


jueves 16 de julio de 2009

El legado de José Donoso a las nuevas generaciones chilenas

El legado de José Donoso a las nuevas generaciones chilenasJustificar a ambos lados

Carlos Franz

Conocí a José Donoso hace casi un cuarto de siglo, en abril de 1977. Él vivía en España y fue a Santiago por unos pocos días para dar una conferencia en el Instituto Chileno Norteamericano de Cultura. Me acerqué a pedirle un autógrafo en mi aportillado ejemplar de Coronación. Aproveché de contarle que yo también quería ser escritor. Y que me encontraba ahogado en Chile, sofocado por la estrechez del país en dictadura, le mencioné que quería irme a viajar para recoger experiencia que luego me sirviera como material literario... Me preguntó que edad tenía. Se la dije: 18 años. Me quedó mirando con sus ojitos celestes, incrustados al fondo de los gruesos lentes ópticos. Esos ojos de escritor iluminados por una perpetua curiosidad. Finalmente, se encogió de hombros y me dijo:

-Yo tenía casi tu edad cuando me fui de mi casa por primera vez. Me fui a Punta Arenas en busca de aventuras literarias. Trabajé en una estancia ganadera. Y me aburrí como ostra... Lo único que recuerdo de esa estadía fue que leí en las tardes, muerto de frío, los primeros volúmenes de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Leer es lo que le sirve a un escritor -terminó diciéndome- mucho más que viajar...

Me quedé perplejo. Había buscado un consejo y me daban el paradojal garrotazo en la cabeza de los maestros zen. Donoso, que se había pasado media vida fuera de Chile, itinerando por el mundo, me decía que no me moviera de mi silla de lector. ¡Qué diablos quería decir!

Pero el tiempo ha transcurrido. Han pasado ya 23 años, él murió. Yo he viajado, y he leído. Y de a poco he ido entendiendo que Donoso quería decirme algo más profundo y menos arbitrario de lo que aparentaba su consejo. Quería decirme que si yo deseaba ser un escritor artista, daba lo mismo que viajara o me quedara. No podía prever ni planear, no podía dirigir mi experiencia en busca de una biografía útil, pues el arte no se deja amaestrar y surge donde menos se lo piensa. Surge de la vida chata y la imaginación febril de las hermanas Brontë, por ejemplo; o del escritorio de abogado de Franz Kafka; o de la consulta de médico de Ferdinand Celine. El arte no se programa, ni se elige, lo único que se puede hacer es esperarlo con los ojos abiertos. Y si mientras tanto amenaza matarnos el tedio, leer mucho, leer, vivir leyendo.

Esta anécdota inicial, con toda su ambigüedad y ambivalencia tan donosianas, quizá ilustra algo de la relación de José Donoso con los dos tópicos que trataré a continuación: su legado estético y la manera en que él traspasó ese legado a la generación emergente chilena.

El legado de Donoso a la generación emergente puede examinarse desde dos grandes perspectivas, a mi juicio. Una, es la del vehículo que Donoso empleó para trasmitir ese legado. Este vehículo fue el contacto directo con varios escritores de la generación emergente, principalmente durante la década de los 80 cuando funcionó su taller literario en Santiago. Y la otra perspectiva es el análisis del contenido estético de ese legado, que más adelante intentaré.

Quizá no sea ocioso aclarar que mi mirada a esas dos perspectivas, no es la de un académico o un crítico, sino la de un escritor que estuvo y está sujeto a aquella influencia de Donoso como miembro de esa generación.

Pero antes de analizar esas dos perspectivas, me parece imprescindible describir a grandes rasgos, siquiera, cual es esa generación emergente chilena, en la cual iba a ejercerse la influencia de Donoso.


La generación emergente


El más completo trabajo crítico hasta el momento sobre la nueva narrativa chilena, que yo conozca, es la obra del profesor Rodrigo Cánovas: «La novela chilena: el abordaje de los huérfanos» (Cánovas, 1997). En su trabajo, Cánovas distingue básicamente tres categorías dentro de la generación emergente de narradores, que menciono a continuación:

Hay una corriente denominada como de imaginación publicitaria. Narradores en general muy jóvenes que recogen el logo cultural norteamericano de la sociedad de consumo, algunos en forma paródica, otros sin crítica ni mediación. Lo pescan directamente del satélite, podríamos decir, para hacer una literatura signada por la recepción del rock, la hamburguesa y el mall, en la clase media latinoamericana recién nacida al teleconsumo. Sus representantes más interesantes y destacados en Chile, que se dieron a conocer sobre todo con una antología latinoamericana de su tendencia llamada Mac Ondo, son Alberto Fuguet y Sergio Gómez.

Hay una segunda corriente, marcada por una imaginación que este crítico ha llamado folletinesca. Es decir, relatos que desde subgéneros como el rosa, el policial o la historia de aventuras, hacen la propuesta latinoamericana de una narrativa al servicio de segmentos de lectores claramente determinados. Un cierto relato de aventuras y de serie negra, representado por Luis Sepúlveda, o una literatura de identificación emocional generalmente seguida por un público femenino, como la que difunde con gran popularidad Marcela Serrano, son las tendencias más conocidas.

Por último, hay una tercera variante, que se ha llamado de imaginación poética. De lírica no tiene nada, pero se afinca predominantemente en el lenguaje y dialoga con las tradiciones literarias, en especial europeas. En esta imaginación, en Chile, podríamos ubicar las propuestas vanguardistas de una Diamela Eltit, las paródicas de Jaime Collyer, las neonaturalistas de Arturo Fontaine, las existenciales de Gonzalo Contreras. Y también el trabajo más reciente de Alberto Fuguet, como es la novela Tinta roja.

La generación emergente a la que me referiré es fundamentalmente la englobada por esta última imaginación. Tendencia que dentro del país se conoce como Nueva Narrativa chilena y que es en la cual, a mi juicio, se registra más directamente la influencia de Donoso. Influencia que, como he dicho, se ejerció sobre todo mediante el taller literario que fundó al retornar a Chile. Y que se materializó en una poética de la escritura artística promovida en aquel taller.

Básicamente, quienes integramos esa tendencia somos quienes crecimos en el exilio interior, y nos hicimos narradores dentro del país, bajo la dictadura de Pinochet. Autores de alrededor de 40 años, poco más o menos, que surgimos a la luz pública con el retorno de la democracia a Chile, hace ya una década, y varios de los cuales pasamos por el taller de José Donoso. Entre los que más tarde destacarían quiero mencionar a Jaime Collyer, Arturo Fontaine, Gonzalo Contreras, Roberto Brodsky, Alberto Fuguet, Sonia Montecino, Marco Antonio de la Parra, Darío Oses, Sergio Marras, y varios otros que sería largo mencionar.

Es precisamente ese Taller Literario, como vehículo que empleó José Donoso para hacer llegar su legado a la generación emergente chilena, lo que constituye aquella primera perspectiva de análisis que mencioné al comienzo. Y por eso vale la pena recordar la génesis y funcionamiento de aquel taller.



El nacimiento del taller


Cuando Donoso vuelve definitivamente a Chile, en 1980, decide iniciar un taller para escritores, pensando probablemente en los que había dirigido en el Writers Program de la Universidad de Iowa, años antes. Para esos efectos consigue que una ONG muy activa en el período, la Academia de Humanismo Cristiano, dependiente del Arzobispado de Santiago, patrocine y financie ese taller. De este modo, Donoso consiguió dos importantes efectos: ponerse al amparo de una de las pocas instituciones chilenas capaces de resistir la penetración de la dictadura, como era la Iglesia Católica; y, segundo efecto muy inusual en este tipo de cursos, el taller era totalmente gratuito, con lo que la selección a él se fundaba exclusivamente en méritos literarios.

La convocatoria se hizo mediante un aviso en los diarios. Un pequeño aviso clasificado comercial que decía algo así como: «Escritor José Donoso ha vuelto al país e iniciará taller literario. Vacantes limitadas. Interesados en postular deben llamar al...». Parecía el aviso de un médico notificando a su distinguida clientela que ha vuelto al pueblo y reabrirá su consulta.

Por mi parte, postulé con un breve texto de ficción y el escasísimo currículum literario de mis 21 años. Estaba seguro que no podría quedar seleccionado. Se me ocurría que todos los narradores chilenos harían fila para entrar y naturalmente un perfecto desconocido, con sólo unos cuentos dispersos en revistas de circulación clandestina, no tendría la menor oportunidad. Para mi sorpresa, unas semanas después recibí una llamada del propio Donoso avisándome que me presentara en su casa... Me había seleccionado junto a otros 7 escritores para integrar su grupo inicial con el cual trabajaría durante cuatro años. Recuerdo la emoción de ese instante como si fuera hoy.

Para imaginar lo que esa oportunidad significaba, para un joven aspirante a narrador, y así entender mejor lo que pudo ser la influencia de Donoso sobre la generación emergente, hay que recordar lo que era el Chile de entonces. El Chile dictatorial, aislado, donde a duras penas sobrevivían algunas librerías y prácticamente ninguna editorial. Un país en el cual la censura previa a los libros imperaría por decreto durante casi diez años, hasta marzo de 1983. Un país el cual jamás visitaban los grandes maestros del boom latinoamericano, omitiéndonos en sus giras, castigándonos por parejo a todos sus habitantes, por culpa del dictador. En esa época, entonces, acercarse a nuestro novelista internacional más famoso, entrar en su casa, era como ganarse un premio mayor, como si de pronto me hubiera llamado la fortuna diciéndome que el sueño de ser escritor era posible...

En los siguientes diez años, durante toda la década del ochenta, sólo interrumpido por esporádicos viajes de Donoso al exterior, pasaron por ese taller literario y estuvieron en su órbita de influencia durante mayor o menor tiempo, más de cuarenta escritores.



Una típica sesión de taller


El taller funcionaba en la calle Galvarino Gallardo del barrio de Providencia -en efecto, se ve una mano «providencial» en todo aquello-, los martes de 6 a 8 de la tarde. Llegábamos de a uno desde diferentes puntos de la ciudad, nos identificábamos a través del citófono y subíamos hasta el estudio en la buhardilla. En el ambiente de delación y sospecha que se vivía en el Chile de aquella época, cualquiera habría dicho que parecíamos una célula de conspiradores. Y en cierto modo lo éramos: practicábamos un tipo de resistencia que el poder no podía detectar y que sin embargo lo refutaba. El taller funcionaba como si la dictadura no existiera. Creo que puede haber sido el único lugar privado en Santiago, donde se juntaban más de dos personas sin ponerse a hablar de inmediato sobre las urgencias dolorosas de la política de entonces. Se hablaba de literatura; se leía a autores imposible menos subversivos o comprometidos: Henry James, Marcel Proust. Este ejercicio semanal de resistencia pasiva, literaria y espiritual, a la Historia que nos había tocado, creo que nos marcó a fondo a varios de nosotros. El poder podía ser discutido en nuestro terreno y con nuestras armas, nuestra victoria sería llevar a la excelencia el acto mismo de escribir. Como dijera en aquella misma época el poeta Enrique Lihn : porque escribí, porque escribí estoy vivo...

En ese taller, le celebramos un cumpleaños a Pepe Donoso. Le armamos una «coronación» con otros siete u ocho alumnos. Le cantamos happy birthday y le pusimos una coronita de fantasía. Los nueve encerrados en aquella buhardilla brindando en vasos de papel. Esa fue la fiesta de cumpleaños de José Donoso el 82 u 83. Luego nos desbandamos antes de las doce de la noche, a la rápida, pues había toque de queda y estado de sitio en Chile.

Sin que soñáramos imaginarlo, eso fue en parte el origen cuasi clandestino y privadísimo, de lo que después se llamaría la Nueva Narrativa chilena.

Una típica sesión de taller se desarrollaba más o menos como sigue. Cada martes se leían en voz alta dos cuentos, previamente repartidos en fotocopias la semana anterior para que cada cual los trajera ya leídos. Los participantes nos sentábamos en círculo desordenadamente, sobre una chaisse longue de terciopelo rojo donde «el maestro» solía dormir la siesta diaria o sobre cojines en el suelo. Donoso ocupaba siempre un sillón de mimbre típicamente chileno con un gran respaldar que le daba una cierta apariencia de pavo real con la cola desplegada. Aunque su actitud no podía ser menos de la de un pavo de real. Hablaba poco y rara vez hacía afirmaciones tajantes, más bien planteaba dudas, abría preguntas. Balbuceaba perplejidades. Nos dejaba hablar, expresar por turnos nuestras opiniones sobre el respectivo cuento y de pronto interrumpía pidiendo que alguien desarrollara más un punto. No era raro que aprovechándonos de este laissez faire alguno de nosotros rebatiéramos sus escasas afirmaciones; y no era infrecuente que Donoso reculara y reformulara su opinión al calor de ese debate. Con los años he llegado a creer que este método socrático y paradojal de hacer taller, puede haberlo derivado Donoso, en parte, de sus muchas horas de sicoanálisis. Horas donde el analista calla, escucha, formula preguntas, y sugiere rutas para la propia reflexión, para el autodescubrimiento. Claro que la gran diferencia con un analista es que Donoso no cobraba por sus sesiones.

Al final de cada lectura de nuestros cuentos Donoso solía hacer un resumen de sus impresiones y formulaba su propia opinión sobre el texto, guiándose en parte por sus notas de lectura -escritas al dorso de su respectiva copia- y en parte por lo que acababa de oír. Una típica opinión suya es esta que recuerdo a propósito de un cuento mío que no le gustó demasiado. Después de desmontar sus defectos durante un cuarto de hora, concluyó diciéndome, «pero tal vez no importan tanto los defectos, porque se nota que la historia te duele, que te produce retortijones de guata». E hizo el gesto de sobarse la prominente panza con una de sus manazas blancas... Este es el tipo de cosas que a un escritor joven, por lo menos a mí, se nos quedaban grabadas: lo importante son los retortijones. Lo importante es que la historia no sea un mero ejercicio formal de habilidad o estilo sino que esté conectada a capas profundas en la siquis del escritor, a zonas de desajuste de la personalidad o como veremos más delante a lo que Donoso llamaba, zonas de «fisura».

Ese comentario de Donoso sobre los retortijones en mi cuento, así aislado, puede parecer insignificante. Pero a lo largo de cuatro años de taller fue uniéndose a muchas otras pequeñas y grandes observaciones, hasta conformar lo que podríamos llamar una poética donosiana de la escritura narrativa.

Porque la juzgo clave como legado directo en los miembros de aquel taller, e indirecto en otros escritores de la generación emergente, voy a resumir a grandes rasgos esa poética de la ficción artística, que Donoso trajo a Chile a comienzos de los ochenta.



El legado: una poética de la escritura artística


Autonomía de la ficción

El postulado básico de la poética donosiana, en el taller, era la autonomía de la ficción. La idea de que la novela es una realidad paralela e independiente de la realidad; autocontextuada, si se me permite la paradoja. O como dijo el propio Donoso en su prólogo a la novela El Astillero de Juan Carlos Onetti (Onetti, 1971, p. 13):

... los fantasmas de ese libro tan admirado: «... iluminan algo que no queda fuera del relato, sino dentro de él, que no señala verdades y significados situados exteriormente a la novela, sino en su transcurso, en la experiencia de leerla y dejarse envolver por esa otra realidad ficticia paralela a la realidad y que por ser paralela, jamás la toca».

Lo otro

Esa autonomía a ultranza de la ficción, que Donoso predicaba en su taller, no se cerraba sin embargo en si misma, sino que se cumplía mediante otra idea muy cara a este autor: la narrativa como una invitación al lector a internarse en lo otro. Noción de otredad que formula en su ensayo Historia personal del boom (Donoso, 1987, p. 18) con estas palabras: «la novela más que cualquier otra forma, moviliza a los seres a cumplir la fantasía, rara vez lograda, de ser lo que no son».

La Fisura

A su vez, esta pasión por la otredad arrancaba de una noción muy donosiana, la idea de Fisura, que ya mencionara antes. Es decir, que el escritor, y el artista en general es un ser marcado por un defecto, por un desajuste profundo en su personalidad, por una fisura; y que es precisamente esta fisura lo que le permite esa visión oblicua sobre la realidad, esencial a la mirada artística. En su libro memorialístico Conjeturas sobre la memoria de mi tribu (Donoso, 1996, p. 17), Donoso expresa: «desde el inicio me di cuenta que todo consistía en la herencia de una fisura, una pifia que destruía la perfección superficial de toda visión...». Para Donoso esa «fisura» era antes que nada una experiencia personal, expresada en una sensación de desajuste social y sicológico, que lo empujaba precisamente a dudar de la realidad dada, y escribir buscándole su revés, su otredad.

Creo que la idea de fisura tal como la exponía Donoso en sus comentarios de taller resultaba particularmente atractiva para jóvenes profundamente fisurados, separados de nuestra realidad, como éramos los aspirantes a escritores en el Chile de Pinochet. La irracionalidad circundante nos impelía a buscar sus claves en nuestra propia irracionalidad, pasando a través de esa fisura, de esa imperfección nuestra.

Identidad entre formas y temas

En cuanto al clásico dilema entre formas y temas, la posición estética de Donoso era un esfuerzo de síntesis paradójica: una forma que era a la vez su tema. Una típica frase suya en el ejercicio de taller era ésta: «Materia y forma: que la greda y la mano que la modela lleguen a ser una y la misma cosa» (Fontaine, 1997). O como lo dice en su Historia personal del boom«Inventar un idioma, una forma, con el fin de efectuar el acto de hechicería de hacer una literatura que no aclare nada, que no explique, sino que sea ella misma pregunta y respuesta, indagación y resultado, verdugo y víctima, disfraz y disfrazado». (Donoso, 1987, p. 40):

Pensar en la página

Autonomía de la ficción, conocimiento de lo otro, fisura e identidad entre la forma y el fondo... Todos estos conceptos expuestos por Donoso en su taller parecerían indicar -en forma equívoca- que nos estaba inculcando una noción dionisíaca del escritor artista, como un ser puramente intuitivo. Y sin embargo, Donoso nos hacía saber sesión a sesión que él era ferviente partidario de las arquitecturas, de las tramas, de los argumentos de extrema precisión intelectual. ¿Cómo llamar irracionales, sin abuso, a En busca del Tiempo Perdido, a El Sonido y la Furia, a Ulises? Sí, no cabe duda que el narrador artista no sólo intuye, también elabora, piensa, nos decía. Pero el suyo es un pensar que se da en la página.

Comentando el gran impacto que significó para él, la lectura de La región más transparente, Donoso afirmaba, siempre en su Historia personal del boom (Donoso, 1987, p. 42) que Carlos Fuentes intenta allí una síntesis intelectual de México, pero «... síntesis hecha, no como hasta ahora, antes de que el escritor se pusiera a escribir, sino sobre la inmediatez de la página misma».

Encarnación de lo contemporáneo

El proyecto de autonomía para la ficción, de un escritor artista, o su esteticismo, parecerían a primera vista incompatibles con el abordaje a lo contemporáneo, que usualmente se hace a través de sus temas y sus hechos.

Sin embargo, Donoso afirmaba en su taller que el escritor artista a menudo es quien mejor capta el espíritu de su época. Donoso mismo era un escritor interesado en el mundo y en el presente. Lo fascinaban esas brevísimas metáforas del presente que son los gustos, las modas. Es más, quería una obra que fuera ella misma gusto, tendencia.

¿Cómo resolvía Donoso, entonces, esta relación dramática del escritor artista que pretende autonomía total, incluso de su época, y al mismo tiempo desea lo contemporáneo?

Donoso nos sugería en el taller que el dilema puede resolverse mediante la idea de encarnación de lo contemporáneo. Lo actual debe encarnarse en una obra del mismo modo, agrego yo, que las modas encarnan, visten y trasvisten -no formulan-, el espíritu de una época.

Cito al Donoso de Historia personal del boom (Donoso, 1987, p. 89): «Ciertamente, una de las experiencias más emocionantes que puede proporcionar una obra de arte es que encarne lo contemporáneo, no que lo formule».

Lector ideal

A su vez, Donoso nos sugería en su taller que aquellas encarnaciones de lo contemporáneo, en la novela artística, van dirigidas a un lector también muy contemporáneo, pero ideal.

Veamos cómo formulaba el punto. En una entrevista que le hice en 1994, me decía (Franz, 1994): «Quiero ser visible, quiero ser accesible. Yo no escribo para los críticos, sigo queriendo que me lea el lector sensible e inteligente en un avión a China». Y en su Historia personal del boom (Donoso, 1987, p. 69), nos dice: «El lector común en Hispanoamérica era ahora más sofisticado».

Lo que aquí importa es que ese viajero en el avión era un lector indeterminado, anónimo, sin rostro, edad, sexo, ni clase social precisa. Y que cuando Donoso mencionaba al público latinoamericano, aludía al «lector común»; una categoría abstracta, ideal. Seguramente, el lector en el cual pensaba Donoso es aquel ser sin rostro pero al cual conocemos íntimamente; ese que somos nosotros mismos, los escritores, cuando leemos. Aquel de los versos de Baudelaire: «Tú, hipócrita lector, mi semejante, mi hermano».

Donoso solía recordarnos en el taller esta distinción fundamental que hizo André Gide: «Hay obras que crean a su público y hay obras que son creadas por su público». El lector ideal, en definitiva, es el público inventado por la propia obra literaria, es decir, quienes descubren que necesitaban el libro sólo en el momento de leerlo.

He bosquejado sumariamante los conceptos que según mi memoria y experiencia constituyeron el meollo del legado estético que José Donoso nos hizo en su taller y que se expandió a través de sus contactos con otros autores de la generación emergente. Para resumir, éstos fueron: Autonomía de la ficción; búsqueda de lo otro; fisura; pensar en la página; identidad entre forma y tema; encarnación de lo contemporáneo; lector ideal.




Pero una poética en tensión


Sin embargo, para hacer las cosas más complicadas, más ambiguas, más donosianas en suma, debo decir desde ya que Donoso no era completamente fiel a la poética que predicaba en su taller y que he resumido anteriormente. En realidad, esta era una poética en tensión. Había una fisura entre su discurso y su práctica por la que se colaba una perplejidad adicional para los miembros de la generación emergente que estábamos en su órbita de influencia.

Lo que ocurría es que el Donoso que encontramos en el taller, a su retorno a Chile, en 1980, era uno que venía experimentando una gradual mutación en sus posiciones estéticas de los años sesenta y setenta. Esta mutación lo llevaría de la etapa que la crítica (Hugo Achugar) ha llamado de irrealización hacia una de realización, de mayor contacto con la realidad, o de menos autonomía de la ficción para usar los términos antes expuestos.

En mi opinión, el hecho decisivo en este progresivo viraje fue el golpe militar de 1973, en Chile. A partir de entonces, y particularmente desde su retorno a Santiago en plena dictadura, Donoso va a experimentar una creciente tensión expresiva derivada de las urgencias políticas de la realidad chilena y latinoamericana que se empiezan a trasladar al primer plano de sus obras siguientes. Tensión que nos trasmitió en el taller y que por lo tanto también constituye parte de su legado. Un legado ambivalente, ambiguo, como ya he dicho.

Esta tensión estética de Donoso significa una evolución desde su poética elaborada durante los sesenta y setenta hacia nuevas posturas que van a incluir el posmodernismo y un realismo de cuño más tradicional, por oposición al cierto vanguardismo de la etapa anterior.

Aunque la segunda etapa, la de realización, comenzaría con Casa de Campo, para los efectos de su legado a la generación emergente chilena, me parece a mí que esa fase está representada sobre todo por La desesperanza, su novela de 1986, o sea escrita precisamente en mitad de la década durante la cual nos hizo taller.

Como se recordará, La desesperanza es una novela sui generis dentro de la trayectoria tan sui generis de Donoso. Se trata de una obra política en la que se entrecruzan los temas y motivos donosianos, formando una curiosa pieza de esperpento sociológico. Una especie de neorrealismo esperpéntico, en la que los personajes del subsuelo moral chileno se codean con los del hampa política. Lo importante acá es que al escribir esta novela Donoso renuncia, o mejor dicho relativiza, varios de los postulados de su poética tal como los enseñaba en su taller. Por de pronto, la autonomía de la ficción es relativa puesto que se trata de una novela con un claro objetivo político: retratar y denunciar el trasfondo perverso de la dictadura chilena. Del mismo modo, el lector ya no es el ideal sino que la novela buscaba impactar y conmover a los lectores concretos de ese momento, proporcionándoles una herramienta ideológica de resistencia en la contienda política. Asimismo, la propuesta estética no consiste exactamente en el conocimiento de lo otro, sino en el reconocimiento de una identidad colectiva, ejemplificada en la gran marcha de protesta con la que se cierra el volumen. Por último, la obra no esta escrita desde la fisura, sino más bien desde la integración del autor al gran bando de las víctimas y los resistentes. Y así podría seguir mostrando como Donoso en esta obra, y varias otras de esa época, es infiel a los postulados básicos de su poética; lo que equivale a decir que fue fiel a sí mismo y a su continua búsqueda creativa.

Fue en dicha inflexión de una irrealización a una realización donde encontramos a Donoso cuando vuelve a Chile, y fundó su taller. Y será esta influencia mezclada, ambigua, esencialmente donosiana, la que influirá en la generación emergente que pasó por él.

A mi juicio, Collyer, Contreras, Fontaine, Fuguet, de la Parra, y yo mismo intentaremos una narrativa cuyos supuestos, su base, es la búsqueda del objetivo estético moderno como lo delineara Donoso en su poética (autonomía de la ficción, etc.), pero abandonando el extremismo formalista que lo caracterizó en los setenta, y trasladando la experimentación al terreno de lo sicológico, o sicológico histórico (la siquis afectada por la historia).

Al respecto, quisiera terminar recordando una de las típicas frases poderosamente ambiguas que le oí a Donoso más de una vez en su taller. Una frase que quizá sea expresiva de todas esas tensiones entre censura y creatividad que vivimos tanto él como sus alumnos en aquella época: «No hallo las horas de que termine esta dictadura para poder escribir de nuevo una novela sicológica».






Bibliografía

  • Cánovas, Rodrigo, 1997. «La novela chilena: el abordaje de los huérfanos», Santiago, Editorial Universidad Católica de Chile.
  • Donoso, José, 1987. «Historia personal del boom», Santiago, Editorial Andrés Bello.
  • Donoso, José, 1996. «Conjeturas sobre la memoria de mi tribu», Santiago, Editorial Alfaguara.
  • Fontaine, Arturo, 1997. «Donoso en su taller», Madrid, Revista Letra Internacional, N.° 52.
  • Franz, Carlos, Agosto 1994. «José Donoso, mortal», México, Revista Nexos.
  • Onetti, Juan Carlos, 1971. «El Astillero». Prólogo de José Donoso. Barcelona, Editorial Salvat.