miércoles, 22 de julio de 2009

Préstamos: Alejandro Zambra lee los “Poemas de un novelista” de José Donoso.


Una tarde de 1987 alguien olvidó dos libros de José Donoso en el taxi de mi tío Fidel. A ese involuntario bookcrossing debo la lectura, a los doce años, de “El jardín de al lado”, una novela bella y amarga que entonces me pareció amarga y ajena. Más que seguir la historia de Julio y Gloria me gustaba mirar a los amantes de Magritte, en la portada, que juntaban sus rostros, cuidadosamente cubiertos por sábanas blancas, o repasar, en la primera página, la tinta dispareja de un timbre azul que decía "Biblioteca British High School". Ya es tarde para devolver la novela al British High School.

Publica El Mercurio

Por Alejandro Zambra

“Poemas de un novelista”, en todo caso, el otro libro abandonado en aquel Peugeot 404, no pertenecía a ninguna biblioteca, y me interesó mucho más que El jardín de al lado. Cuando sólo conocía los naturales fragmentos de Neruda y de Gabriela Mistral —y ni siquiera había escuchado los nombres de Rimbaud o de Baudelaire—, di con los poemas de Donoso, que leí y releí con verdadero interés. No entendía nada, pero me atraía, en especial, el lenguaje seco, extraño, que aparecía de pronto: "Abrir la boca,/ decir, pedir, contar/ es cerrarse entero".

Esa sequedad era, en realidad, una forma de pudor, de reverencia: aunque Donoso había leído con atención a Pound y a Eliot, seguía concibiendo la poesía como un género autobiográfico, como una confesión más o menos camuflada en el ritmo. Habla de viajes, de museos, de recuerdos familiares, desde un lugar vacilante, problemático: es como si la poesía hubiera puesto contra la pared al narrador omnisciente, forzándolo a protagonizar la difícil comedia de la intimidad. Poemas de un novelista no es un libro de juventud, más bien al contrario, reúne, fundamentalmente, escritos de madurez que, según explica Donoso en el prólogo, nacieron "como refugio a la densidad sobrepoblada de mis novelas". También en el prólogo el autor desliza esta declaración a decir menos insólita para un libro de poesía: "No quiero ser poeta. La poesía me parece un quehacer aterradoramente serio, solitario, definitivo, esencial, y las esencias, así, escuetas e implacables, no son mi vocación". Es un poco absurdo leer los poemas de un poeta que no quiere ser poeta. Buena parte del efecto de sus versos, sin embargo, proviene, justamente, de esa negación: leemos textos que Donoso no quiso escribir, que publicó para no seguir corrigiéndolos; leemos poemas en que, salvo por algunos puntos de fuga, no hay poesía.

En la dificultad de acomodar la ficción a la autobiografía está el posible valor de los poemas de Donoso. Es injusto comparar “El lugar sin límites”, “El obsceno pájaro de la noche” o “Casa de campo” con la derrota estilística que supone Poemas de un novelista. Pero para un lector que llegó a Donoso por la puerta de servicio esta comparación se vuelve inevitable. No sé si sus poemas son mejores que los de Manuel Rojas, por ejemplo, aunque ambos narradores comparten una concepción esencialista y demasiado respetuosa de la poesía.

La biblioteca rara donde Donoso y Rojas son poetas, continúa, en reversa, en las narraciones de Huidobro y del Neruda novelista o casi novelista de “El habitante y su esperanza”, y en "Gato en el camino", el solitario cuento que Nicanor Parra publicó cuando aún no inventaba la antipoesía.

La lista suma y sigue: “El tiempo de la sospecha”, de Teófilo Cid, las desconcertantes ficciones de Rosamel del Valle, “Chumbeque”, la "nouveau román" que Gonzalo Millán escribió en los tiempos de Relación personal. En la antología Cuentistas de la universidad, de 1959, en tanto, Armando Cassigoli apuesta por los narradores del futuro: al lado de Poli Délano, Cristian Huneeus, Carlos Morand o Antonio Skármeta comparecen el cineasta Patricio Guzmán, el crítico Grínor Rojo, y dos cuentistas que más temprano que tarde abandonaron la ficción: Óscar Hahn, de quien se incluye un relato perfecto, y Jorge Teillier, autor de un cuento muy bueno y lárico a más no poder. Casi se me escapan Juan Emar, Braulio Arenas, Alfonso Alcalde y Claudio Giaconi, que no sólo escribió “La difícil juventud” sino también de “El derrumbe de Occidente”, un libro de poemas del que suelo recordar estos versos: "Lo importante no es la primera comunión/ sino la última".

Distinto es el caso de Enrique Lihn, que no era un poeta-narrador o un narrador-poeta, sino una literatura entera. Lo mismo Bolaño, cuyos poemas parecen escritos por los personajes de su obra narrativa. Milán Kundera, en El Telón, dice que los novelistas nacen "de las ruinas de su mundo lírico" y tal vez la obra de Bolaño da cuenta de ese distanciamiento. La doble militancia de Lihn y de Bolaño, en todo caso, responde a una idea mestiza de la escritura, a la necesidad de construir una posición múltiple: personal, social, política, literaria. Por el contrario, incluso en sus momentos más confesionales, Donoso se cuida de Donoso: describe, con precisión, los escenarios, los objetos, pero prefiere retratarse en grupo, en compañía de sus personajes, agazapado en un vértice de la imagen. Del mismo modo que en “El jardín de al lado” la ilusión autobiográfica es reemplazada, finalmente, por un sofisticado juego de espejos, “Poemas de un novelista” niega tanto al poeta como al novelista.

Con todo, enfrentada al lenguaje uniforme de los años ochenta, la escasa poesía de José Donoso me parecía nueva y misteriosa: "La mancha descolorida/ en la pared./ Sólo tú y yo/ sabemos cómo era esa pared/ antes de la mancha./ ¿Cómo seríamos,/ tú y yo,/ sin saber que esa mancha/ es la decoloración de una acuarela/ que no recordamos?". De seguro aquel distraído pasajero de 1987 extrañó mucho más su ejemplar de “El jardín de al lado” que el de “Poemas de un novelista”. Por suerte, como decía Enrique Lihn, nada se escurre.


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