sábado, 5 de septiembre de 2009

EL PUNTO DE HABLADA Y LAS FUENTES NUTRICIAS DEL RELATO DE "EL OBSCENO PAJARO DE LA NOCHE"


EL PUNTO DE HABLADA Y LAS FUENTES NUTRICIAS DEL RELATO DE "EL OBSCENO PAJARO DE LA NOCHE"

por Sergio Pereira Poza

El mundo de El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso, aparece condicionado por una verdad que tiene su asiento en la conciencia del personaje-narrador. El Mudito representa la narración misma desde la cual todo emerge y todo se refracta. Nada existe fuera de las imágenes interiores modeladas por esta voluntad creadora. La novela es la concreción de una gran idea obsesiva que se sumerge en lo sórdido, allí donde grazna el obsceno pájaro de la noche y donde se encuentran las raíces que alimentan la mugre, lo inútil, lo caduco. Es un esfuerzo titánico por sacar a la superficie lo que transforma la realidad establecida en una pesadilla de secretos y repugnantes signos.
La novela es un permanente juego dialéctico entre el orden convencional y el oscuro reverso del mundo. Este último niega la unicidad de las cosas con el propósito de demostrar que lo uno y lo otro es lo mismo. El bien y el mal, la belleza y la fealdad, el patrón y el sirviente no son distintos sino más bien realidades vistas a diferente nivel: uno, superficial; otro, inconsciente.
Esta inmersión en el reverso de las cosas tiene su punto de expresión en la mente del hombre que, en lo profundo de su siquis, conoce de su vida, pero lo rehuye, aislándose en un orden acomodaticio. El obsceno pájaro de la noche explicita esta verdad oculta a través de su personaje-narrador. El Mudito aprendió a moverse en ese punto de las tinieblas.
La novela es el símbolo de la destrucción del "mito horrible" de la unidad del ser humano; con ello, se destruye un modo de vida, un esquema de conductas y comportamientos que obliga al sujeto a empezar de nuevo, internándose en ese espeso y neblinoso bosque donde se anida el obsceno pájaro de la noche de que habla Henry James en el epígrafe del libro.
El Mudito se sitúa, entonces, en el centro del universo narrativo, universo disgregado, segmentado, desarticulado, reflejo fiel de la disgregación, segmentación y desarticulación de su propia conciencia.
Este hecho nos parece de particular relevancia por cuanto el mundo representado obedece sólo a una voluntad instauradora con su sello inconfundible que transforma a los seres ficticios en personajes tributarios.
La conciencia de su no unidad como individuo teñirá de imágenes obsesivas su universo mental, temiendo siempre ser destituido, sintiendo terror por la abyección, por la no existencia, por la destrucción física y espiritual. Su relato traducirá esos terrores, distorsionando los acontecimientos, adulterando los datos, adecuando las leyendas y los mitos, enajenándose una y otra vez, comouna manera de resistir los apremios externos. El Mudito será -parafraseando lo dicho por Donoso- "una persona y será treinta y no será ni una persona ni treinta".(1)

EL PUNTO DE HABLADA DEL NARRADOR PROTAGONISTA

El control de la narración descansa exclusivamente en una voz que corresponde a la del Mudito, creador y propulsor de toda la historia. Las frecuentes alusiones a circunstancias, momentos o personajes ajenos a él corresponden a fabulaciones y recreaciones que tienen su asiento en esta voz. El discurso del narrador se desplaza por zonas que, al final, resultan convergentes, puesto que hay en su relato una serie de elementos que son verdaderos hitos de una historia que no se despliega ni en el espacio ni en el tiempo, sino que permanece fija en una de las circunvoluciones de su mente. La presencia de la nana bruja o del mito del imbunche adquirirá forma y sentido en situaciones distintas y lejanas de aquellos momentos evocados, aunque filialmente no serán otra cosa que el trasunto de aquéllos. Es el caso de la Peta Ponce, la perra amarilla, la Casa de la Chimba o La Rinconada.
Esta es una historia cíclica que gira en torno de su propio eje narrativo. La imagen entregada es la suma de vivencias acumuladas por el narrador a lo largo de su vida y que se plasman en el contexto de la historia.
La novela toda es la expresión de este afán instaurador del Mudito que levanta y destruye a la vez realidades escastilladas en narraciones que se superponen o se intereliminan, en virtud de un permanente juego de yuxtaposiciones o disyunciones. El narrador aparece como un creador de mundo, potenciado por la intención constructiva e imaginativa de su discurso.
Un punto de incursión que, a nuestro juicio, resulta clave para fiscalizar el sector desde el cual el narrador construye su historia es aquél que se relaciona con la configuración de un interlocutor. Ese momento ocurre cuando el Mudito incorpora como receptor de su confesión a la Madre Benita, personaje presente y mediatizado por las palabras del narrador. Si bien la imagen de la Madre Benita aparece superpuesta en varios fragmentos narrativos de la obra, ello no pertenece a momentos distintos del relato sino que son indicios lingüisticos que nos remiten apostróficamente a un interlocutor que participa en forma ficticia en los diversos niveles de la confesión.
Este momento específico y todos los demás tienen su origen en esta confesión que no es tal en el sentido estricto, ya que el hablante carece de voz. Sin embargo, la confesión existe dentro de un ámbito que no excede las fronteras de la mente del narrador.
A partir del capítulo noveno, los personajes, los relatos y los momentos contados, anticipados o entrevistas en el contexto narrativo, son retomados en esta confesión, ya para perfeccionarlos, relacionarlos u organizarlos narrativamente. El caso más interesante se refiere a la existencia de Jerónimo de Azcoitía. Su nombre y su figura ha gravitado en el universo novelesco sin que todavía asumiera la calidad de personaje representado. Bastará que el poder fabulador de la mente enferma del Mudito lo vincule con determinadas circunstancias de su vida anterior para que confiera a Jerónimo el derecho a existir como personaje tributario.
La confesión del Mudito pertenece a un momento de aguda crisis, lo que convierte su relato en un discurso alucinado en el que realidad y ficción conforman una nueva dimensión del mundo y cuya impronta más característica será la de una existencia mutante y mudable. La propia voz del narrador se desdoblará en tantas identidades como sean las compulsiones síquicas que lo presionen. El Mudito será también la séptima vieja, Boy, Jerónimo, la cabeza de cartón piedra. La imagen laberíntica de la Rinconada se conectará a través de sus espacios tortuosos con los de la Casa de la Chimba. Inés será Iris; Iris, Inés. Es un juego que parece no tener fin, a lo menos, hasta que la mente enferma del Mudito, generadora de realidad, no determine otra cosa.
Es esta conciencia afiebrada la base de donde arranca la historia de El obsceno pájaro de la noche. Su punto de hablada está situado en el interior de este mundo caótico que es la realidad síquica del narrador. Toda su visión está estructurada en función de estos hechos particulares, aunque de honda y decisiva influencia en la manera de captar el mundo. La historia se va entretejiendo por medio de estos hechos que toman formas e identidades distintas, según sea la información que el hablante pretende entregar; unas veces será a través de su propia voz durante las conversaciones captadas de las sirvientas de la Casa de la Chimba o de los habitantes de la Rinconada; otras, transportándose él mismo a espacios materiales a los cuales sólo accede por medio de alucinaciones. En medio de este marasmo, aparentemente desarticulado, subsiste, sin embargo, esta voz interior a quien se debe la configuración arbitraria de la realidad, y que responde a la intervención de una serie de motivaciones que alimentan la retorcida imaginería del Mudito.
Dentro de estas motivaciones, destacan e forma esencial la infancia de Humberto Peñaloza, con todo el espectro de esperanzas frustradas, y la presencia subyacente de la conseja maulina y del mito chilote del imbunche.
Estos tres factores son los que, a nuestro entender, configuran la visión de mundo del narrador, apareciendo el primero como el soporte vivencial de la historia, en tanto que los dos restantes son meros activadores de un complejo aparato de imaginería. Se vale de estos elementos míticos por ser mecanismos que se prestan para la venganza, la destrucción y el autoaniquilamiento.

LA INFANCIA DE HUMBERTO Y EL TRASFONDO MITICO DE SU EVOCACION

El relato del Mudito emerge de la circunstancia frustrante que rodeó su infancia. Consciente de su inferioridad y de una existencia sin horizontes, su alma fue incubando resentimiento que se intensificó en la misma medida en que sus esfuerzos y anhelos del padre se fueron estrellando con la dura realidad práctica. Nada puede impulsarlo a superar la insignificancia de su origen que se remonta, inclusive, a la propia tradición familiar. Buscaba con desesperación ser alguien, sustituir la ridiculez de su apellido Peñaloza por un rostro definido, luminoso, sonriente, que nadie pudiera dejar de admirar. Era la meta que su padre, sin exigírselo, le había puesto ante sus ojos, porque la ordinariez de su apellido lo obligaría siempre a vivir como encerrado en la "prisión del apellido plebeyo". Era ésa la única posibilidad que lo pondría a cubierto de la anonimia. Humberto seguía atentamente lo que su padre, en su entusiasmo liberador, le informaba de lo que decían los diarios de esas personas importantes.
En la fantasiosa conciencia paterna había una gran dosis de optimismo idealizante que lo inducía a atribuirles virtudes que Peñaloza, ya adulto, descubrió que no eran más que fabulaciones. El, por su parte, aprendió a contemplar desde lejos la grandeza olímpica que irradiaba el hombre importante, ya sea a través del paso de los coches rumbo al parque o a través de los paseos matinales por las principales arterias de la ciudad.
Sentía nostalgia por el porte, la dignidad y la elegancia de ellos, atributos que jamás él pudo tener. Por esa razón, el aprendizaje a que fue sometido en su infancia no tuvo más herencia que la de despertar en su interior un doloroso sentimiento de nostalgia frente a lo inasible. Y esa posibilidad de vencer lo inalcanzable se ofrece a Humberto al seguir la mirada del padre hacia "un hombre, alto, fornido, pero gracioso, de cabello muy rubio, de mirada airosa por algo que yo interpreté como un elegante desdén, vestido como jamás soñé que ningún hombre osara vestir...". De esa visión y de ese contacto -al pasar Jerónimo por su lado uno de sus guantes roza suavemente su brazo- se abre en su espíritu un boquerón de hambre que no cicatrizará jamás.
La modalidad narrativa usada en este fragmento refleja ciertas características que permiten aquilatar la importancia que se adjudica a este trozo de su vida anterior con el contexto de la novela . El episodio está contado desde la perspectiva del recuerdo y aparece despojado de la ambigüedad y el retorcimiento con que están trabajados otros momentos del libro.
La manipulación del contraste, como mecanismo narrativo primordial, es la señal más clara de la dislocación que, como imagen, entrega el mundo representado. Es importante subrayar, en primer término, que la revivificación del pasado en su correspondencia con el presente puntual, desde donde presuntivamente se genera la confesión del Mudito, está marcado por la presencia significativa de la primavera y del invierno. La experiencia infantil de Humberto está evocada en primavera, con toda la carga de anhelos y esperanzas que esto supone. "Pero era primavera", dice el narrador, contrastándola con la pobreza de su padre; en cambio, la confesión misma está enmarcada por la visión de una "noche lluviosa".
Donde el contraste alcanza su auténtica y cabal manifestación narrativa es en el empleo reiterativo de la antítesis que, bajo la forma de paralelismo, desnuda la realidad del incidente, restituyendo los términos al nivel vano y esperpéntico que la imaginación efusiva del padre elevaba al plano de la idea fantástica. Leemos en varios fragmentos del discurso realidades contrastadas que ponen de manifiesto la raíz del conflicto de Humberto, cuyas connotaciones y ramificaciones veremos cristalizadas en el mundo alucinado que creará su mente enajenada.

LA CONSEJA MAULINA

El segundo elemento conformador de mundo lo constituye la conseja maulina de la niña bruja y su nana. Su función radica en la potencialidad de destrucción que envuelve y el ámbito de ambigüedad en que la historia se desarrolla. Esto permite al narrador armar un sistema de sustituciones que encajará perfectamente en ese laberinto de ficciones mutantes que es su imaginación y con la "esperanza de influir mágicamente sobre la realidad y reducirla a un modelo en que al final pueda ser alguien, jugar la máscara de la omnipotencia, crear y destruir a voluntad". (2)
La acción que ejerce el contenido de la conseja es decisiva en la configuración de las imágenes incubadas en la mente del narrador. Paralelísticamente, la confesión va dando forma a las principales circunstancias de la historia de la conseja, pero con otras identidades y en otras dimensiones.
El nudo central de la conseja es el hechizo que se ejerce sobre la niña por su nana bruja. La imagen y momentos anotados tendrán diversas representaciones a lo largo de la novela, más que nada por el complejo juego de correspondencias que el narrador establece en su discurso.
Del mismo modo, las especulaciones que se tejan en torno de las presuntas correrías de la nana y su protegida por los campos maulinos bajo la forma de una perra amarilla y de un chonchón con cara de niña, irán encontrando su expresión una y mil veces en la narración.
El descubrimiento del hechizo sólo lo hará el padre de la niña, quien escamoteará los detalles más íntimos de la revelación al resto de los moradores de la casa. El hecho de que sólo el padre tuviera acceso al cuarto de su hija y oscureciera la verdad mediante su poncho desplegado, está mostrando la capacidad del hombre para violentar los términos habituales de las cosas, adecuándolos a su propia realidad. Es un poder que el narrador no desperdiciará, puesto que en él está implicito el sentido de la distorsión y el aniquilamiento.
Este afán de escamotear la realidad no buscaba otro efecto que el de desviar la atención de los testigos hacia el ser más indefenso de los dos, es decir, hacia la nana bruja. Esta circunstancia conmoverá profundamente al narrador, acentuando su resentimiento por los seres luminosos.
El factor de la venganza condicionada surgirá de la historia del Mudito como una arma de destrucción, dirigida ahora, como contrapartida, hacia quienes han constituido por siempre el símbolo del poder. Gracias a ese poder, el castigo se dirige a un personaje sin importancia: la nana.
El fragmento enmarcado de la conseja reúne el material básico de las fabulaciones del Mudito. Su proclividad a retorcer las cosas lo llevará a repetir y sustituir los términos esenciales de la historia, recogiendo para sí todos aquellos detalles que le permitan urdir fantasiosamente el efecto y resonancias de su venganza.

EL MITO CHILOTE

El mito del imbunche aparece entretejido con la leyenda maulina. Surge como parte de la conversación de los campesinos que vigilan el cuerpo de la nana bruja que es llevada por el río hacia el mar. El imbunche es caracterizado por el alcance de rito de hechicería que tiene. Se dice en el relato que se rapta a una niña de corta edad "para coserle los nueve orificios del cuerpo y transformarla en imbunche, porque para eso, para transformarlos en imbunches, se roban las brujas a las pobres inocentes y las guardan en sus salamancas debajo de la tierra, con los ojos cosidos, el sexo cosido, el culo cosido, la boca, las narices, los oídos, todo cosido...". (pág. 41)
La imagen del imbunche es otro de los artificios de que se valdrá el Mudito para edificar sus ficciones. La intencionalidad destructiva del narrador queda de manifiesto desde el momento que narrativamente tiende los hilos para conectar dos leyendas, geográfica y semánticamente distintas, que le servirán de marco de referencia para orientar el curso de sus confesiones.
El imbunche envuelve, por un lado, la idea del encierro, de la minimización progresiva y de la sustitución, transformando el mundo en un espacio cerrado que cada vez se va reduciendo más. Por el otro, es la materialización del poder oculto que transfiere a los desposeídos lo que atávicamente jamás han tenido, convirtiéndolos en dominadores.
La interdependencia que se advierte de estos momentos narrativos que aluden a una subyacencia mítica clarifica su función dentro del contexto total de la novela desde el moemnto que es la fuente de donde la infancia de Humberto proyectará su imagen revestida de un nuevo poder que se objetivará en sus evocaciones.



notas:

1). Emir Rodríguez Monegal: La novela como happening, pág. 16

2). Hernán Vidal : José Donoso: surrealismo y rebelión de los instintos, pág. 182.




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