martes, 30 de junio de 2009

Anverso Literario: El Mocho de José Donoso.

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El Mocho, historia ambientada en las minas de Lota no es una excepción al mundo de discursos sociales que se cruzan en una cópula infernal, represiones y máscaras enrevesadas que van tiñendo en la más oscura y ambigua opacidad a sus portadores, seres histriónicos y patéticos que el escritor chileno, José Donoso, grandiosamente fue edificando, desde su debut con Veraneo y otros cuentos (1955)

En la obra de Donoso, el lector debe reconstruir orígenes difusos e imprecisos que se desarrollan de forma intencionada, como un cliché e imágenes acartonadas: prostitutas, cesantes y gente inmersa en labores absurdas y agazapantes, verdaderos callejones sin salida o sueños de mala muerte.

En el universo Donosiano, la monotonía es una constante y la rutina una adicción en que roles impuestos, ocultan el ser real. Incompleto, fuera del apodo y rostro representado. De modo que pese a lo que el lector espere de acuerdo a su experiencia previa, forjada fuera del mundo narrado, siempre se dará de bruces con una trasgresión y carencia propuesta en clave carnavalesca y barroca. Mundo posible plagado de esperpentos grotescos que cantan la insatisfacción y esperanza, corporizada en trashumantes que conocemos de forma fragmentaria con los apelativos del Mocho, la Bambina, el Mocho chico y La Elba

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En el caso particular de los Mochos, personajes que dan nombre a la obra, producto de su mote peyorativo que alude a su labor de monaguillos y en un nivel más simbólico e íntimo, debido a su vida cercenada; nos topamos con un devenir actancial que nos perfila entidades urgidas por la necesidad. Precarios, denotan rectitud, inocencia, mansedumbre inmersa en el ámbito, misógino, casi animal de Lota. Espacio que les recuerda de forma constante su equivoco, esa condición periférica de pasivos y remilgados. Son niños bien que anhelan producto de su frustración sexual; movimiento y un abrupto quiebre a su cúpula social.

En tal medida, la evolución de estos seres opera bajo el eje de renuencia y contradicción frente a las expectativas globales. Huyen de lo que todos esperan de ellos, vagan y se diluyen y su comportamiento alcanza altas cuotas de subversión pues desestructuran el orden y la coherencia de su entorno inmediato. Esas jerarquías enmohecidas y fosilizadas por el hábito y la necesidad de construir identidades seguras, aprehensibles y comunicables.

El elemento disruptor es un ingrediente que recuerda la afición de Donoso de metaforizar bíblicamente.

El contenido edénico se trastoca y dos mujeres, dos prostitutas, tientan a estos endebles alejándolos de la iglesia, su vía de rectitud y moralidad que los condena al rito eterno e imperecedero sin mayor satisfacción y sentido, que el placer de repetir un acto de forma compulsiva y monotemática.

Otro de los elementos disgregados, víctima de la irrupción mundana y ruptura escolástica: Es el control parental y la estabilidad que provee un origen bien delineado. En consecuencia, nos enfrentamos a otro de los fetiches Donosianos, el concubinato y la cópula ilícita, fugaces encuentros que reúnen lumpen, proletariado y burguesía en un sutil pacto de sangre.

En este discurrir, Ambos Mochos se amalgaman con su antepasado común, el aristocrático Blas Urízar, de cuestionable comportamiento en su círculo social. Descarriado, Blas es la mancha dentro del abolengo familiar, conocido como el lengua mocha, es el primero de esta estirpe denostada, un exiliado y paria con blasón, enredado en amoríos con otra prostituta de la zona minera, María Paine Guala, abuela del Mocho grande y bisabuela de Toño, el Mocho Chico.

El autor hila de forma suculenta el tiempo y espacio en torno a estas existencias errantes, los cruza, los fuerza a colisionar a repetirse y errar mil veces en un purgatorio dantesco, huérfanos de las expectativas y frustración, son destructores del germen social. Fantasmas cuyo contorno es una habladuría tras un complejo juego de palabras, un galimatías que connota demasiado y del cual perdieron consciencia hace mucho. Impelidos a vagar sin origen y con un destino infame.

En el caso de las féminas, el deambular errático es doble, pues en esta irrealidad lúcida, ellas sólo tienen dos opciones. Son madres o putas, la pregunta consecuente es ¿qué tal si deben por imposición, ser ambas? lo permitirá una sociedad como la nuestra, como la que plantea la obra, llena de machos como Antonio. En el ideario de este arquetipo, una mujer debe honrar su hogar, por tanto cierto desempeño en la cama esta vetado, es propio de aquellas hembras que él sólo usa para gozar, pues su persona es la que otorga y recibe de forma prominente y exclusiva el goce carnal. En el mismo ámbito de falologocentrismo que raya en opresión corporal, ¿Qué rol les toca, si desconocen la identidad o paradero del padre de sus vástagos? y ¿Por qué contribuyen a perpetuar la comedia, no sólo al parir a los hijos de estos hombres anónimos y violentos, sino al educarlos bajo el mismo molde?

Sumisa y denigrada, la mujer en el universo de Donoso, específicamente en el Mocho, ocupa el sitial de un objeto, (no sujeto) de devoción y placer de estos hombres que tantas veces, confunden a la madre y amante, ambigüedad y contradicción, componentes fundantes e ineludibles de esta novela, título póstumo, publicado en el año 97 y último destino que los lectores del chileno, tenían para conectarse con su prolífica voz, antes de que al interior del panorama cultural internacional, se hablara de lagartija sin cola, novela perdida de aquel miembro y cronista del boom, que tan grandes títulos legara por años a nuestra narrativa, constituyéndose como una de sus voces más prolíficas y originales.

Autor: Daniel Rojas Pachas.
Publicado en: Cinosargo



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